Esa fría mañana de enero de este año mientras escuchaba las palabras de los parientes, amigos y el pastor de la iglesia de la cual Randy era miembro en Atlanta, pensaba que definitivamente estaba en deuda, muy en deuda.A quienes no les haya contado sobre Randy, les cuento que era un “estadounidense” de 1.90 nacido en Valparaíso hace 72 años atrás. A los 5 años se fue de Chile junto a su familia y no volvió hasta comienzo de los ‘80, cuando se le ocurrió pasar el Año Nuevo en el Gran Hotel Pucón, con el lago Villarica enfrente y el volcán humeando detrás. Desde ese momento se enamoró de esta tierra y de su gente.
Gladys y yo lo conocimos en Atlanta. Él se preocupaba de mantener el contacto con su Chile querido a través de los pocos “compatriotas” que estudiábamos en Georgia. Yo diría que fue “amor a primera vista”. Randy, su señora Joyce, Gladys y yo nos juntamos en restaurante mexicano, y pocas veces en mi vida me ha tocado conocer gente tan encantadora, de esa que uno espera volver a encontrarse prontamente.
No nos faltaron oportunidades, ya que nos invitaba frecuentemente a comer a su casa, a pasar un fin de semana en su cabaña en el lago o simplemente a los “brunch” de día domingo junto a otros miembros de su iglesia. Siempre me hizo sentir orgulloso por la manera en que me presentaba a sus amistades, esforzándose en explicar el país del cual venía y hablando maravillas del mismo. Para cada 18, nos invitaban a cenar, esmerándose en tenernos el mejor vino chileno que pudiesen encontrar, junto con banderitas chilenas hechas por Joyce para sentirnos más en casa.
Pero no sólo estuvo conmigo en la buenas. Cuando caí con la peor gastroenteritis aguda que he tenido en mi vida, Randy me llevó al hospital, me atendió su médico de cabecera, estuvo a mi lado y me cuidó hasta que mejoré, y más encima, pagó hasta la cuenta.
Una vez que terminamos nuestros estudios, nos continuamos viendo ya que Randy siguió viniendo religiosamente todos los meses de enero a Chile, y en particular a Pucón, que según él era el mejor lugar del mundo. Además, fue Randy también quien nos invitó a que pasáramos 3 semanas en su casa para los Juegos Olímpicos de Atlanta en el 96.
En enero de este año, los fui a buscar al aeropuerto para llevarlos a Viña, donde tienen otro “hijo adoptivo” chileno. Tuvimos una exquisita conversación en la hora y media de viaje, conversación que continuó en un almuerzo frente al mar.
Randy me acompañó hasta el auto, y agachándose a la misma vez que yo me empinaba me dio un abrazo de despedida. Fue la última vez que vi a Randy, fue la última vez que lo abracé. Ya en Miami junto a mi familia, recibí la terrible noticia que Randy se había caído de una balsa en el río Trancura y que en las aguas frías del “mejor lugar del mundo“, Randy nos decía adiós. Dios quiso que su primer y último latido fuesen chilenos... ciclos de vida que, aunque no queramos... calzan.
En la ceremonia de despedida de Randy, sentí que estaba en deuda por no haber compartido mis sentimientos con esa gran cantidad de gente que estaba muy presente. Randy era todo lo maravilloso que habló de él su hermano, un empleado de su oficina y su hijo, y mucho, mucho más. Randy era por sobre todo un hombre bueno, que daba sin esperar recibir. Era un ser cariñoso que había aprendido a querernos con todos nuestros defectos, buscando siempre el lado positivo de las cosas. Era un hombre preocupado de saber cómo estábamos y hacía donde íbamos en la vida. Randy era mi “Papá Gringo”, título honorífico que se había ganado con amor, con mucho amor.
Los eneros y Pucón ya no serán lo mismo sin Randy en Chile... Como ya no lo es mi vida sin empinarme a abrazarlo.
1 comentario:
no se por que he comenzado a llorar por la muerte de randy ,tu relato es bello y me parecio muy familiar.
me estoy sintiendo feliz de estar llorando .
te quiero
laura
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