Tipo 10:00 de la mañana, estaba
sentado en mi café favorito de Pedro de Valdivia a pasos de Bilbao. Ya había
pedido mi “macchiato” de siempre y había comenzado a responder correos electrónicos
en mi computador. Día precioso afuera, ambiente agradable adentro. Lugar
perfecto para trabajar.
Estaba ubicado en un pequeño
espacio que forma un pasillo reducido, en que hay sólo cuatro mesas para dos personas
cada una. La mía era la del final de este “pasillito” que estaba en la esquina,
con un muro a mi espalda y un ventanal a mi izquierda que daba a la vereda oriente de esta preciosa avenida de
Providencia. La mesa inmediatamente a mi derecha estaba vacía. A los minutos de yo sentarme, se ocupó la mesa
que estaba ubicada diagonalmente a mi mesa. Allí se sentó una niña de unos veintitantos,
cerquita de los 30, creo yo. Apenas se instaló, abrió su Mac blanco y se puso a
trabajar (me imagino). “Buenamoza, la cabra”, pensé. Era, probablemente, una
mujer que estaba relacionada con el diseño, intuí. Tenía buena pinta, era
flaca, muy bien vestida. Tenía una tez completamente blanca, que a pesar de su
blancura, no lucia desabrida y un cabello rubio que, lo más seguro, no era ni
tan rubio. Pero igual se veía bien. Y me fijé, en las pocas veces que alzó la
vista, en sus ojos verdes bien llamativos.
Tranquilo, volví a mis correos.
En eso entraron dos jóvenes cercanos o pasaditos los 30 años también y se sentaron
frente a mí e inmediatamente al lado de la niña de ojos verdosos. Uno era un
guatón que vestía una polera negra muy ancha con una figura media “heavy metal”,
jeans negro y zapatillas grises. Se veía bastante desaseado, particularmente
con una chasca que pareciera que recién se venía levantando y que, obviamente,
no se había duchado. Este guatoncito chascón me dio la espalda cuando se sentó.
El otro era un flaco buena pinta. Pelo mucho más corto y barba de dos días
“cuidadosamente” descuidada. Vestía “business casual” lo que me llamo la
atención por la falta de similitud con su amigo o “partner”. Tan pronto se sentaron abrieron sus
computadores negros y grandes, definitivamente no Mac.
Nuevamente en lo mío, cuando me comencé
a desconcentrar con la conversación que mantenían los muchachos a un volumen bastante alto, conversa que comandaba el flaco, siendo
su “partner" la escucha que el otro requería.
- ¿Y hai
pensao en algún weón en particular?
- Fíjate que no.
Es que la wea igual está complicá. Conozco a un weón en Iquique que mueve ese
tipo de equipos de amplificación pero igual no cacho si nos serviría. Puta…
igual una lata trabajar con los weones que proveen en este mercado. Son todos
como las weas.
- Mmm… tení
toda la razón, weón. Que wea.
La conversa siguió así por un
rato, con dos a tres palabras “blancas” entre tanto garabato en cada frase. Me
empecé a incomodar terriblemente. La incomodidad me surgía por el hecho de
escuchar a estos dos tipos como si estuviesen hablando en el living de su casa,
sin nadie más que los escuchara. Además, me bajó la idea que la niña del lado
le estaba incomodando aún más la conversación sin filtros de estos muchachos.
Traté de cachar qué onda la
cabra. Si había signos de molestia o incomodidad ante la escucha obligatoria,
por lo reducido del espacio, de la conversa del lado. Y no vi mucho, ya que ella
seguía inmersa en su pantalla, no mostraba señas de nada.
¿Y si hago lo que corresponde hacer? ¿Y si les paro los carros a estos
tipos para que respeten a quienes estamos escuchando la chorrera de garabatos
que están entonando? ¿Si les digo que, al menos, deberían tener consideración
con la mujer que está sentado a su lado?
Me imagine la cara de ambos si
llegaba a decirles lo que acababa de imaginar. Me imaginé dos posibles
reacciones. (1) que se miraran entre ellos con cara de asombro, sorpresa e
incredulidad y me dijeran: ¿Y qué te metí
vo, viejo weón?, ante lo cual yo habría tenido que explicar lo más calmada
y, a la vez, firmemente mi parecer y mis convicciones. (2) que se miraran igual
de sorprendidos, bajaran el moño y volvieran a sus conversaciones aminorando
los “weones” y las “weas”, o al menos, hablando más bajito,
ante lo cual yo habría esbozado una leve y triunfal sonrisa y hubiese recibido
otra gentil y encantadora sonrisa de la niña de los ojos verdosos, como muestra
de su gratitud.
Mi nivel de incomodidad era tal
que ya estaba a punto de decirle que “chataran la moto”, cuando… sonó el
celular de la niña de ojos verdosos.
- - Alo, ¿sí?... Claudita... ¿cómo estai weona?... Bien poh… Ah, eso… Nop, se me cayó la wea. Es
que no se dio, no má. Si… para la otra tendrá que ser… ¿La dura? Mmm… igual
tuve mala cueva… es que no siempre las weas resultan como se supone que
deberían resultar… voy cachai poh weona…
Así continuó y continuó.
Y me quedé reflexionando en el
acto heroico que estuve a punto, a punto, de emprender hace unos segundos atrás, cuál
caballero noble y valiente dispuesto con fuerza y determinación a defender a
aquella dama inocente y delicada de las garras de la grosería y la falta de
respeto de tan abominables criaturas del pantano.
Uff… de la que me salve.
Me habría convertido,
oficialmente, en el Rey de los Weones.


