12 diciembre 2000

2005 - Q.E.P.D.

Pensaba escribir de otro tema, sin embargo, la vida da algunas vueltas que la hace más interesante y me voy a dedicar a ello este fin de año.

¿Se saben el cuento de la vaca? Tengo que reconocer que me lo contaron dos muy buenas amigas y les pido permiso para repetirlo aquí. Había una pareja en el campo que tenía una linda y rechoncha vaca. Ella feliz se dejaba ordeñar todos los días y a la familia nada le faltaba con tan maravilloso animal. Tenían leche de la buena con la cual se alimentaban. ¡¡Horror!! Un “mal” día se murió la “bendita” vaca. Se murió la fuente diaria de alimentos y seguridad. En su tristeza, a la pareja no le quedó más que ver el campo que tenían frente a ellos y que había servido sólo para que la vaca pastara. La tierra era buena al igual que el riego y se acordaron que tenían una semillas guardadas por allí. Claro, no le habían dado importancia alguna a las semillas, si tenían la famosa vaca. Pusieron manos a la obra y, olvidándose de la vaca más allá de su pena, se dedicaron a sembrar. Al tiempo, con mucho sudor y esfuerzo, el campo dio cosechas maravillosas.

Amigos... se murió mi vaca. Linda vaca la que tenía. Hace unos pocos días atrás la mataron, bien muerta. Y resulta que no me queda otra que mirar el campo que tengo frente a mi... y descubrir que tengo muchas semillas de experiencia, de conocimientos, de proyectos, de motivación, de ansias de disfrutar aún más el viaje. Las encontré en una despensa cerquita del alma, medio escondidas, pero allí estaban. Tengo las semillas, tengo el campo que es de tierra fértil, tengo buen riego y tengo la actitud y voluntad de arremangarme las mangas y ponerme a sembrar. Lo único que queda esperar es que después de tal esfuerzo, coseche bonito, muy bonito… y termine aplaudiendo que se haya muerto la vaca. “Que en paz descanses”… bendita vaca.

Esa es la primera parte. La alucinante, la esperanzadora, la motivadora, la soñadora, incluso la utópica. La segunda es la dura. Se murió la “maldita” vaca y no tengo claro qué diablos sembrar. ¿Qué será de mi sin la rechoncha y florida vaca mes a mes? ¿Qué será de mi?

Tengo un conocido que no podía vivir en confusión. No la aguantaba. No la soportaba. Cuando ella se comenzaba a acercar, la alejaba a palos. Hacia sahumerios y tomaba todas las decisiones que fuesen pertinentes para que la confusión no llegase ni siquiera a cenar… a quedarse a dormir, mucho menos. Y así se pasaba la vida, manteniendo a raya a la confusión. Claro que no le era tarea fácil, ya que le significaba un desgaste físico, mental y sobre todo emocional enorme. Pero no le importaba mucho eso y ni siquiera se daba cuenta, ya que la meta era lejos más importante que el disfrutar el viaje. La receta era mantener todo bajo control. Saber lo que ocurriría en el día, en la semana, en el mes y ojalá en el año. Si algo se desviaba de su curso “normal” (producto de algún viento confuso de por allí), tomaba rápidamente el timón y corregía el curso. Control sobre si mismo y control sobre los que lo rodean. Control incluso sobre su medio ambiente, sobre los astros, sobre lo todopoderoso y misterioso (combatiéndolo con escepticismo). Y obviamente, a pesar de que en el mundo si existen vientos confusos y amigos del caos, su tarea era hacerse cargo de que el control permaneciera incólume, inalterable, recto y estoico para asegurar lo que hubiese que asegurar. Para “garantizar” una vida sin mayores tropiezos.

Un buen día, se le ocurrió meterse a aprender con una gente media rara que parecían miembros de una secta y “Oh horror”, se comenzó a dar cuenta del gran desgaste que le significaba esto de “tener” todo bajo control. Aún más, se comenzó a dar cuenta que era bastante utópico e inútil esto de querer alinear hasta los astros en pos de su control. De hecho, una de las gurús de
esta casi secta lo mandó con tarea pa’ la casa. Llenar la tina con agua calientita echándole unas sales naturales, prender unas velitas, apagar las luces, escuchar una música ad-hoc a tan memorable ocasión y ponerse a remojo hasta que todas las partes externas del cuerpo estuviesen definitiva y suficientemente arrugadas de tanta agua. La tarea fue cumplida a cabalidad en su 1ra fase. Una vez salido del agua, la 2da fase era darse cuenta si el mundo había seguido girando con “suficiente control” a pesar de que él no estuvo a “cargo” por poco más de una hora. La respuesta cayó de madura: nadie había echado de menos su control. :-(

Bueno, a la larga, aprendió (aprendizaje que continua de por vida) que él no tiene la capacidad de alinear astros, de hacerse cargo de todo y de mantener la confusión fuera de su vida. Y claro, se hizo amigo de la confusión (que es compañera muchas veces inseparable de la ignorancia) y lo más lindo es que la aceptó, como el campesino aceptó que la “bendita” vaca había muerto sin llorarla mucho más. Ha cambiado este conocido, tanto que hoy se encarna en mi.

Entre vacas muertas, tierras fértiles, semillas por sembrar y vientos de confusión e ignorancia termina este año. Termina también en la aceptación de horizontes nuevos, vista al frente y ojos abiertos a las oportunidades que se puedan presentar y también crear.

No están completamente alineados los astros, pero hay un viento que sopla para allá y ciertamente puede que llegue la hora en que se alineen. Me huele a eso. Si ello ocurre no será porque alguien así lo haya decidido o tenga el control, sino porque inexorablemente para allá va. Y mientras eso ocurra, conviviré con la siembra y mi nueva amiga... la confusión.

11 diciembre 2000

2004 - ¿Ocupación?

¿Y tú qué haces? ¿Y yo que hago? Típico que no ando con ninguna tarjeta de negocios en mi billetera, en la cual sale escrita mi ocupación o título de lo que hago para ganarme la vida de 8:30 a 18:30 de lunes a viernes. Estas tarjetas abren y cierran conversaciones y nos permiten “enmarcamos” y saber (o al menos pretender saber) cómo tratarnos mutuamente. Porque para que estamos con cuestiones, estos pequeños pedacitos de papel, muy bien diseñados, definen un estatus social. Vaya de quien no tenga tarjeta en estos días. ¿Qué tan seria puede ser esa persona si no tiene tarjeta de negocios?

Y como ando sin tarjeta, le puedo contestar lo que quiero libremente, sin tener que “enmarcarme” ni ser “enmarcado”. Si la pregunta fue ¿qué es lo que yo hago?, me tienta preguntarle de cuánto tiempo dispone para escuchar sobre toooodas las cosas que yo de verdad hago en la vida.

¿Qué es lo que más hago? Si me pusiera a pensar todo lo que hago cada día, definitivamente lo que más hago es respirar (y no me canso nunca de hacerlo). Lo otro que hago mucho y bastante bien es dormir, sobre todo siestas. Además pienso, pienso mucho, tanto en lo terrenal como en lo sideral. Y también siento. Pucha que siento y expreso esos sentimientos. La tristeza, la rabia, la culpa, la vergüenza, la impaciencia, la ansiedad, la curiosidad, la nostalgia, la dulzura, la felicidad, el optimismo y tantos otras emociones que me visitan y me “habitan” día a día. Manejo y me encanta manejar. Y si puedo, mientras manejo, le saco la lengua a los niños del auto de adelante. Canto y también me encanta cantar, posea o no el equipamiento adecuado para hacerlo. Y bailo, bailo y bailo, desde una Cueca Chilota a esos maravillosos bailes griego en que el abrazo constituye el baile. Les hago cosquillas a mis hijos. Leo de a tres libros a la vez. Escucho a mis amigos y quienes aún no lo son. Converso. Sueño, dormido y despierto. Registro momentos maravillosos de gente maravillosa, fotografiándolas. Comparto esos momentos maravillosos. Colecciono efemérides y hago cuadritos con ellas. Escribo tarjetitas de fin de año. Organizo karaokes y después no me pueden quitar el micrófono. Soy puente entre mis amistades. Abrazo... soy bastante bueno en esto de los abrazos y abrazo con fuerza, con delicadeza, con ternura, con pasión, con amor, abrazo con toda el alma. Quiero. En general quiero a mi familia, a mis viejos y a mis amigos mucho más de los que les he dicho que los quiero. Y amo, cada vez amo más el mundo que me rodea, cada vez amo a más personas que llenan mi vida.

Y para alargar más aún la conversación sobre lo que hago, ahora también hago Coaching (eso de soplar brasas), tema que en si da para una charla de horas muy entretenidas. Y también soy aprendiz de todo lo que queda por aprender, y déjenme decirles que es una exquisita enormidad.

Al final, hay miles de actividades que hago día a día, que me encantan y no me pagan por hacerlas. No son parte de mi ocupación laboral ni profesional, pero son parte de mi “ocupación de vida”. Si más encima las que hago en el trabajo me gustan, cuanto mejor, porque así puedo decir que ocupo muy bien mis 24 horas haciendo lo que me gusta y buscando hacer felices a quienes se relacionan conmigo también. ¿Se podría llamar “Felicidad por Conmutatividad”?

Necesito mandarme a hacer una nuevas tarjetitas… que no digan nada más que mi nombre y tengan en una de las esquinas superiores un “logo de vida” igualito a este: :-)

¿Me permiten unas cuantas preguntas?: ¿Y ustedes, amigos, qué hacen? ¿Cuáles son sus “ocupaciones de vida”? ¿Cuáles son aquellas cositas diarias, pequeñas y maravillosas, que los hacen felices y que no les pagan por hacer? ¿Qué “logo de vida” elegirían para sus propias tarjetas?

Nota: El tema escrito en estas líneas es una idea original del escritor estadounidense, Robert Fulghum. El es el autor de una serie de relatos cortos y maravillosos, entre los que se encuentra su primera obra: "Todo lo que realmente necesito saber, lo aprendí en Kindergarten".

10 diciembre 2000

2003 - Puentes No Murallas

Este es el décimo año que envio una tarjeta como esta. Habrán algunos que las han recibido todas. Otros, las estarán recibiendo en los últimos años. Y los menos, pero no por ello menos importantes, la recibirán por primera vez.

Este proceso de envio de tarjeta comienza cuando me “obligo” a mi mismo a pensar de qué voy a escribir este año. Creo saber de lo que no tengo que escribir. No caben temas que desunan, temas negativos. Todo lo contrario… algo que nos relacione, tanto a mi con ustedes como entre ustedes mismos. No debo dar lecciones, aunque debo reconocer que creo haber tratado. No debo ser demasiado “autorreferente”. Difícil, porque la idea es expresar mis vivencias y contarles de qué manera tales vivencias aportan a la amistad y a esbozar un pensamiento, o mejor aún, un sentimiento positivo al final de cada año (para leer vivencias “ajenas“, verdaderas o inventadas, están las cadenas de email). Definido el tema, debo decidir a quién se la envio. Fácil, en la mayoría de los casos. Los clásicos de siempre, los que la esperan... se las envio sin duda alguna. Y si tengo dudas, me los imagino abriendo y leyendo la tarjeta. Si me los logro imaginar con una sonrisa de “buena onda” en su cara, se las envio. Listo.

Luego comienza el proceso de actualización de información. No cae del cielo el hecho de mantener por ya 10 años una base de datos completita para enviarles estas tarjetas a todos ustedes. Con gusto me he esforzado cada fin de noviembre y principio de diciembre en averiguar dónde están mis amigos y mis parientes queridos. Saber si se han mudado y “retarlos” cuando no me han avisado. Tarea no fácil, pero entretenida, porque tengo buen motivo para aprovechar de saber de ustedes y de sus familias. Justo aquí llego al grano (estaba bueno ya).

Una buena amiga me describía como la “Agenda” del grupo. No es raro que me llamen pa’ pedirme números de teléfono o direcciones de amigos en común. No es raro, porque me he dedicado a mantener contactos… y parece que los demás lo saben. Pero, ¿por qué tanto?

Hace años leí un libro que se llama “Bridges Not Walls”. El libro trabajaba todos sus conceptos teóricos y prácticos bajo un supuesto: “La calidad de tu vida está directamente relacionada a la calidad de tus comunicaciones con otros”. Debe ser por esto mi necesidad de mantener tales contactos, porque ellos son el primer paso para establecer esas comunicaciones (estas tarjetas son sólo uno de muchos medios). Y si bien tales comunicaciones no siempre se dan, cuando las busco… normalmente las encuentro.

Y cuando no puedo encontrarlas, hay algo que me incomoda, que me deja tareas pendientes. Ejemplo: Kiko Obregón, un muy buen amigo chileno con quien estudie en Atlanta. Conoció a una alemana y se fue a vivir al viejo continente. Lo he buscado y no lo he podido encontrar. No me cabe la menor duda que cuando lo haga, la comunicación fluirá. ¿Después de tantos años?, se podrá preguntar alguno de ustedes… yo creo que si.

Hace unos días nos juntamos pa’ celebrar 25 años de salidos del colegio. Me reencontré con Homero, a quién no veía desde nuestra graduación… y fue como si fuese ayer. El tiempo parece que pasa en vano… cuando han habido buenas vibras, porque ellas permanecen. Habremos hablado de nuestras vidas sólo media hora después de un cuarto de siglo… y aunque obviamente no fue suficiente, ya tengo su número de teléfono y él tiene el mio. Ya hicimos contacto. Eso es lo importante. La comunicación llegará sola, a su debido tiempo. Al final, uno es producto de los sinceros contactos que establece con otros… y si esos contactos nos enriquecen… bienvenidos. Un buen día encontraré al Kiko.

09 diciembre 2000

2002 - Relaciones Saldadas

Un buen día del mes de julio de este año, me cuestioné que mi relación con mis hermanos Luz María y Jorge no era lo que yo quería. Sentía que habían muchas cosas que nos teníamos que decir. Sentía que había más de algún rollo inconcluso, + de un rencor escondido por ahí, + de algún ata’o que hacía que nuestra comunicación no fuese buena. En resumen, sentía que al tener cosas que decirnos, nuestras relaciones no estaban “saldadas”, que había “cuentas” pendientes.

¿Relación Saldada? ¿Qué onda? Simple. Supongamos que me voy de este mundo hoy, sin avisarle a nadie y sin que ellos se pueda comunicar más conmigo... ¿se quedarían con más de algo que les hubiese gustado haberme dicho y que nunca me lo dijeron? Yo creía que si... ¿Me quedaría yo con algo que decirles?... Seguro que si.

Todo lo traduje a un “email” que le envíe a ambos. La respuesta fue muy buena. Mi hermana me llamó e invitó a juntarnos a conversar, cosa que hicimos al tiempo después. Nos dijimos unas cuantas verdades, nada serio, y quedamos sinceramente saldados. No nos debemos nada el uno al otro. Me podría ir en paz si fuera por ella.

Con mi hermano, que vive en el otro hemisferio, la comunicación ha sido intensa y fuerte... aún continúa. Ya hemos intercambiado varias cartas y la apertura ha revelado una serie de situaciones que estaban allí, bajo la piel, que impedían que nuestra relación fuese buena. Estamos avanzando pa’ saldar lo nuestro. “So far, so good.”

Hace unas pocas semanas atrás tuve un encuentro con compañeros de la universidad en La Serena y ocurrió algo parecido. Al despedirnos, un buen compañero me dijo que para la próxima vez que nos juntáramos teníamos que hablar sobre tantas cosas que él no me ha dicho. Ya de vuelta en Santiago, recibí un email espectacular de otra compañera, invitándome a saldar nuestra relación de amistad, producto que ahora sentía que me conocía mejor... 17 años después de haber salido de la universidad.

Lleve este mismo tema a un ámbito aún más cotidiano y en un almuerzo de camaradería con compañeros de trabajo, les comenté sobre esto. Me alegró saber que tengo las cuentas saldadas con muchos de ellos. También me alegró saber que otros están dispuestos a que tengamos “minutos de confianza” que nos permitan decirnos lo que tengamos que decirnos. Y así saldar.

La gracia de saldar las relaciones con las personas que nos interesan, es que esto no siempre tienen porque ser sobre temas negativos ni deudas impagas. Perfectamente podemos saldar relaciones diciéndonos todo lo positivo que pensamos y sentimos por otros.

Yo no sé ustedes, pero yo aún tengo varias relaciones que no están precisamente en azul. En algunas ya estoy trabajando, en otras tengo que comenzar a hacerlo. Que las salde o no, depende de 2, pero al menos yo estoy tratando.

Es bueno esto de que no te deban nada. Es igual de bueno, incluso mejor, no deberle nada a nadie. Ya lo dice el dicho: “Las cuentas claras conservan la amistad.”

¿Deben algo ustedes a sus seres queridos? ¿Les debo yo algo a alguno de ustedes? Si es así, encantado conversamos un café... Yo invito.

08 diciembre 2000

2001 - Randy

Esa fría mañana de enero de este año mientras escuchaba las palabras de los parientes, amigos y el pastor de la iglesia de la cual Randy era miembro en Atlanta, pensaba que definitivamente estaba en deuda, muy en deuda.

A quienes no les haya contado sobre Randy, les cuento que era un “estadounidense” de 1.90 nacido en Valparaíso hace 72 años atrás. A los 5 años se fue de Chile junto a su familia y no volvió hasta comienzo de los ‘80, cuando se le ocurrió pasar el Año Nuevo en el Gran Hotel Pucón, con el lago Villarica enfrente y el volcán humeando detrás. Desde ese momento se enamoró de esta tierra y de su gente.

Gladys y yo lo conocimos en Atlanta. Él se preocupaba de mantener el contacto con su Chile querido a través de los pocos “compatriotas” que estudiábamos en Georgia. Yo diría que fue “amor a primera vista”. Randy, su señora Joyce, Gladys y yo nos juntamos en restaurante mexicano, y pocas veces en mi vida me ha tocado conocer gente tan encantadora, de esa que uno espera volver a encontrarse prontamente.

No nos faltaron oportunidades, ya que nos invitaba frecuentemente a comer a su casa, a pasar un fin de semana en su cabaña en el lago o simplemente a los “brunch” de día domingo junto a otros miembros de su iglesia. Siempre me hizo sentir orgulloso por la manera en que me presentaba a sus amistades, esforzándose en explicar el país del cual venía y hablando maravillas del mismo. Para cada 18, nos invitaban a cenar, esmerándose en tenernos el mejor vino chileno que pudiesen encontrar, junto con banderitas chilenas hechas por Joyce para sentirnos más en casa.

Pero no sólo estuvo conmigo en la buenas. Cuando caí con la peor gastroenteritis aguda que he tenido en mi vida, Randy me llevó al hospital, me atendió su médico de cabecera, estuvo a mi lado y me cuidó hasta que mejoré, y más encima, pagó hasta la cuenta.

Una vez que terminamos nuestros estudios, nos continuamos viendo ya que Randy siguió viniendo religiosamente todos los meses de enero a Chile, y en particular a Pucón, que según él era el mejor lugar del mundo. Además, fue Randy también quien nos invitó a que pasáramos 3 semanas en su casa para los Juegos Olímpicos de Atlanta en el 96.

En enero de este año, los fui a buscar al aeropuerto para llevarlos a Viña, donde tienen otro “hijo adoptivo” chileno. Tuvimos una exquisita conversación en la hora y media de viaje, conversación que continuó en un almuerzo frente al mar.

Randy me acompañó hasta el auto, y agachándose a la misma vez que yo me empinaba me dio un abrazo de despedida. Fue la última vez que vi a Randy, fue la última vez que lo abracé. Ya en Miami junto a mi familia, recibí la terrible noticia que Randy se había caído de una balsa en el río Trancura y que en las aguas frías del “mejor lugar del mundo“, Randy nos decía adiós. Dios quiso que su primer y último latido fuesen chilenos... ciclos de vida que, aunque no queramos... calzan.

En la ceremonia de despedida de Randy, sentí que estaba en deuda por no haber compartido mis sentimientos con esa gran cantidad de gente que estaba muy presente. Randy era todo lo maravilloso que habló de él su hermano, un empleado de su oficina y su hijo, y mucho, mucho más. Randy era por sobre todo un hombre bueno, que daba sin esperar recibir. Era un ser cariñoso que había aprendido a querernos con todos nuestros defectos, buscando siempre el lado positivo de las cosas. Era un hombre preocupado de saber cómo estábamos y hacía donde íbamos en la vida. Randy era mi “Papá Gringo”, título honorífico que se había ganado con amor, con mucho amor.

Los eneros y Pucón ya no serán lo mismo sin Randy en Chile... Como ya no lo es mi vida sin empinarme a abrazarlo.

07 diciembre 2000

2000 - Ha Llegado Carta

Hasta la semana pasada tenía 72 correos electrónicos sin abrir en el computador de mi casa. Me había puesto como límite no tener más de 50 sin leer, pero no lograba hacerme el tiempo para abrirlos. Hace unos días me puse en campaña y he logrado bajarlos a 35. Todo un logro, pero aún falta mucho.

Lo interesante es que este asunto de la conectividad global “al instante” no necesariamente significa mayor comunicación. De los 37 emails que abrí para ponerme al día no había ni uno solo, repito, ni uno solo, que hubiese debido ser abierto imperiosamente en el momento en que efectivamente me llegó. Es decir, la gran mayoría de los correos que nos llegan día a día son atemporales: si lo abrimos hoy o en un mes más, da lo mismo.

Obviamente, ya he aprendido cuáles son los que se deben abrir de inmediato, pero sin duda, son los menos. Y estos pocos, son los únicos que “comunican” algo, son los únicos en que el proceso se completa cuando es en ambas direcciones. Son los que requieren de mi atención y de mi pronta respuesta. Y si se dan cuenta, generalmente son los que tienen un sólo destinatario.

Todo lo anterior me llevó a pensar en lo exquisitamente rico que era recibir cartas de verdad. De esas cartas que se escribían en papel; papel que en muchos caso debía ser adecuadamente seleccionado dependiendo del tenor de la carta. De esas a las que se les dedicaban largas minutos e inclusive horas, muchas veces con la música apropiada de fondo. De esas que se llevaban al correo y que se les daba un beso de buena suerte. De esas que el día menos pensado, llegaban con el cartero. De esas que creaban gran expectación al tener el sobre cerrado en nuestras manos. Esas cartas comunicaban 100%.

Hoy en día, el cartero lo único que nos trae son cuentas todo el año, y más encima nos cobra por traerlas. Nadie lo espera como antaño. La gran excepción ocurre en diciembre cuando aún llegan cartas de seres queridos que desean comunicarse. Una de las grandes virtudes de las fiestas de fin de año es que nos dan una buena excusa para comunicarnos… cosa que en otra época del año resultaría “fuera de contexto”. ¿Ó no?

Ha llegado carta… me alegro por ello.

06 diciembre 2000

1999 - Cientos de Amigos

Llegó diciembre y aún no se me ocurría sobre que tema escribir este año, hasta que Gladys me comentó que en uno de los malls estaban dando un premio en que el ganador podía invitar a 100 amigos a una fiesta de fin de año en un hotel de lujo cercano. ¿Tendremos 100 amigos para invitar?, me preguntó… y me quedé pensando.

Se me vino inmediatamente a la cabeza un libro que leí llamado “Cómo vender cualquier cosa a cualquier persona” de Joe Girard (el mejor vendedor del mundo, según Guinness). Joe plantea “La Ley de los 250”, que en términos muy simples dice que cada uno de nosotros conoce en promedio 250 personas por nombre a quienes invitaríamos a nuestro matrimonio o nos despedirían en nuestro funeral.

Ya entonces me cuestioné si conocía por nombre a tantas personas. Puede que si, pero de ahí a tener 100 amigos, no sólo conocidos sino que amigos, para invitar a la fiesta de fin de milenio… no sé.

Durante mi vida he tenido mucho más que 100 amigos. Si los juntara a todos tendría que ganarme unos cuantos premios para invitarlos. Sin embargo, y aunque suene a cliché, la amistad es definitivamente como una flor que si no se riega de a dos, se seca. Del inmenso jardín que he tenido, siento que ahora van quedando unos racimos de pocas, pero muy lindas flores.

Y no es que quiera que sea así… “La amistad hay que practicarla”, me decía uno de mis amigos más queridos desde Iquique. Y debo reconocer que a veces yo no la he practicado aunque debiera. Y otras veces he esperado que otros la practiquen conmigo y no ha sucedido. Quizás tan sólo sea un proceso natural, un ciclo de vida que tienen las amistades, que luego de maduras tienden a secarse.

Igual me cuesta aceptarlo. Y ahora que lo pienso, debe ser por eso que cada vez que voy a enviar este saludo de fin de año, debo recorrer cuidadosamente los nombres de quienes les envié cartita el año pasado y decidir si esas flores aún tienen vida. Me cuesta dejar gente fuera, pero lo hago si veo la flor totalmente marchita. Este mensaje es una de mis maneras de regar mis flores año a año, con la firme esperanza de alimentar con un buen rocío a las que necesiten agua para volver a florecer.

¿Quién se apunta si me gano el premio?

05 diciembre 2000

1998 - Maleta de Mano

La gracia de las costumbres que uno mismo se “impone” es que deben cumplirse contra viento y marea. Una de las ellas es que todos los 12 de octubre, desde hace ya cuatro años, le tomo fotos a nuestros hijos y a nuestra casa. Todas esas fotos están en el mismo álbum, de manera de ver como van creciendo los niños año a año al igual que los árboles y plantas que nos rodean (la casa pareciera que se achica cada vez más).

La otra costumbre que también comencé hace cuatro años con “Mi Peineta Azul”, es la de enviar un saludo distinto de Navidad y Fin de Año. Razones de trabajo hicieron que esta tarjeta saliera del “horno” mucho más tarde de lo esperado.

Poco antes de mi vuelo de regreso a Chile, pensaba en qué cosas debería echar en mi maleta de mano (de esas que se llevan consigo) y qué debería echar en la maleta grande (esa que se va en el compartimiento de carga). Llegué a la sana conclusión que todo lo que es prescindible se debe echar en la maleta grande. Es decir, todo lo que es fácil de reemplazar y que, por tanto, no importa mucho si se pierde (ropa, algunos apuntes, libros y más ropa). Lo que lamentaría mucho si se perdiera, lo que es realmente imprescindible, lo debo echar en la maleta de mano (fotos, las cartitas de mis hijos, mi trofeo de racquetball, un libro de pinturas de Norman Rockwell y otro de fotos de LIFE, mis diskettes, mis lentes de repuesto, ese CD que buscaba hace años y mis cartas al Director).

Pensaba que este mismo concepto se puede usar cuando tengo uno de esos días grises llenos de preocupaciones. Agarro mis dos maletas. Selecciono cuidadosamente qué meter en la de mano, ya que su tamaño me impide empacar muchas cosas. Así, sólo empaco lo que realmente vale la pena tener presente, aquello por lo que es importante preocuparse y que requiere mi atención inmediata. En la grande meto todo lo demás, todo lo que es superficial, todo lo que se puede perder en algún aeropuerto del mundo. Y si se llenan ambas maletas y aún tengo pequeñas preocupaciones pendientes, estas sencillamente no merecen ser empacadas.

De la maleta de mano me preocupo yo, cuidando que este a mi lado en todo momento. De la grande se pueden preocupar otros. Lo importante es no tener muchas maletas, ya que sino puedo terminar pagando “sobrepeso“… Hasta el final de este excelente año que comienza.

04 diciembre 2000

1997 - Papel de Regalo

Mientras abríamos los regalos en la última Navidad, Gladys me pidió que tratara de hacerlo de modo de poder darle “una segunda vida” a los papeles de regalo. Esto me hizo pensar lo qué sentirían tales papeles si efectivamente tuviesen vida propia. Sin duda que su propósito de vida sería envolver regalos y mantenerlos bien envueltos hasta que el feliz regalado los abriese. Si al abrirlos, se rompiera el papel, su vida terminaría ahí... sin más. En cambio, si se abrieran con cuidado, se les daría una nueva oportunidad de ser felices.

Esta locura de darle vida a las cosas materiales, más aún preguntarme por el propósito de su existencia, me ha hecho pensar en cómo sentirían muchas otras cosas que nos rodean. ¿Será más feliz un fósforo minuciosamente tallado encerrado de por vida en un tubito de vidrio, que otro que goza al ser prendido para dar comienzo a un buen asado (aunque con ello muera)? ¿Cómo se debe sentir un auto que pasa su vida estacionado? ¿Cómo se sentirán los pulmones cuyos dueños les dificultan llevar a cabo la tarea para lo cual fueron creados? ¿Cómo se sentirán todo esos juguetes abandonados en algún rincón sin que ningún niño sea feliz con ellos?

Irremediablemente, este análisis del propósito de los objetos desemboca en el cuestionamiento del fin último de nuestra propia existencia en este mundo. Si nuestra vida es un largo camino, me quedo con quienes piensan que la felicidad no está al final del sendero, sino que se logra mientras uno avanza. Y cuando el camino de la vida se ha tornado cuesta arriba, lleno de obstáculos y dificultades, me he dado cuenta que se necesita menos, mucho menos, para ser felices.

La felicidad debe ser el propósito final de nuestras vidas. De hecho es el sentimiento más recurrente que se desea para si mismo y para los seres queridos. Feliz Cumpleaños, Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo, Feliz Matrimonio, Feliz Viaje y otros se pueden traducir en una sola Feliz Vida. Si hemos pasado por este mundo y no hemos hecho felices a otros, además de no habernos hecho felices a nosotros mismos, no hemos vivido una vida que valga la pena.

Me gusta la idea de tener la posibilidad de aportar gotitas extras de felicidad cada fin de año con líneas como estas. Si lo logro, estoy cumpliendo mi propósito de vida, y quizás ayudando a cumplir el tuyo. Hasta la próxima

03 diciembre 2000

1996 - Nuestro Tesoro

¿Y qué pasaría si no mandara saludos este año?... me pregunté. Quizás no habría pasado nada. Sin embargo, estas fechas que se aproximan siempre han sido “ la ” oportunidad de contactarme con quienes aprecio, y el no hacerlo me habría dejado un vacío. Así que aquí estoy otra vez, atento a la vida y a todo lo positivo que nos brinda. Y lo digo con más propiedad que nunca, porque este año que se va si que ha sido diferente. Ha sido un período de cambios, y por ende, de incertidumbre. No por ello ha sido negativo. Al contrario, porque la vida se ve con otros ojos y se aprende a valorar pequeños detalles que antes pasaban desapercibidos.

Siempre he buscado los nexos que me unen a mis amigos. Hace un par de años fue un peineta azul que aún me acompaña día a día. El año recién pasado fue la música que me evoca recuerdos de momentos inolvidables. El nexo en esta oportunidad es un viejo tesoro en constante crecimiento, que creo que muy pocos de Uds. pueden igualar. Me refiero sencillamente a nuestras fotografías.

Nuestras... porque gran parte del tesoro se compone de cientos de imágenes que he capturado de ustedes y sus seres queridos. La captura ha sido constante, motivado principalmente por guardar un poquito de cada uno de ustedes, para así tener al alcance de la mano, destellos de vivencias dignas de recordar.

Parte del tesoro se compone de pelucones que ahora sueñan con sus largas melenas, cuerpos esbeltos que se han ido rellenando, pelos azabaches que ahora son visitados por más de una cana. Hay moneditas de oro en el tesoro de recién nacidos, de matrimonios, de mil cumpleaños, de bienvenidas y despedidas, de viajes, de asados, de fiestas mechonas, de amores que ya no lo son y de viejos amigos de quienes nos preguntamos qué será de ellos. La satisfacción de abrir uno de mis álbumes y revivir momentos compartidos, es una sensación que me llena de orgullo, porque el tesoro lo he ido construyendo con años de dedicación y sobre todo con mucho cariño... como corresponde.

02 diciembre 2000

1995 - La Felicidad de las Cosas Simples

Es la fecha. Es el momento en el año de hacer resúmenes; de acordarse de todo lo bueno y lo malo. De mostrar que estamos aquí, atentos a la vida y a todo lo positivo que nos brinda. Frente a gente pesimista, pienso en las cosas que me dan las pequeñas alegrías de cada día. Una de ellas es la música que siempre me acompaña. Pensaba hace poco que la música es una de esas cosas enriquecedoras que se suma, que siempre se suma. Siempre hay más música, nunca menos. Y ahí está, disponible a quien la quiera escuchar y disfrutar.

Y si lo piensan conmigo, la música nos brinda la incomparable fuerza del recuerdo automático, del recuerdo que no se puede controlar. Una sola melodía permite que se vuelvan a vivir en nuestra memoria miles de detalles pasados que han marcado cada época importante de nuestra existencia. Y ahí están, desde la melodía de nuestro mono animado favorito, pasando por las canciones del profesor Avila en el colegio, como también las tardes de Música Libre. No desaparecen esos rock espectaculares del Yachting del Quisco, ni los lentos con que dimos nuestros primeros o mejores besos, como tampoco los guitarreos nocturnos de Sui Generis y Silvio al lado de una fogata. Ahí están también los lentos que aún nos recuerdan con nostalgia más de algún amor que nos dejó. Incluso esos cánticos maravillosos, que ponen la piel de gallina a gente azul, a gente fiel, que nunca deja de alentar.

Muchas canciones en nuestras vidas tienen historias, que nos trasladan instantáneamente a momentos precisos en el tiempo; algunos buenos, otros malos, pero todos lo suficientemente relevantes para ser recordados. Y esas vivencias en general nos ligan a gente importante, a gente querida, a gente que nos ha brindado granitos de dicha ; en definitiva… a amigos.

Es por esto, que las gotas diarias de alegría que me da la música se deben, en gran parte, a que muchas canciones me traen la presencia espontánea de alguno de ustedes. Y eso, definitivamente, me gusta.

01 diciembre 2000

1994 - Mi Peineta Azul

Un fin de semana de octubre del 94 fuímos a Antofa con Nano y Tato a un encuentro de ex-compañeros de carrera. Después de una grata tarde en la U y una mejor noche de conversación con buenos amigos que no veíamos hace tiempo, nos levantamos el sábado para continuar con nuestras actividades. Después de mi ducha de rigor, busqué mi peineta azul. Al no encontrarla, ocupé una negra que creo era de Nano.

En camino a la U me pregunté desde cuándo que tenía conmigo mi peineta azul. Cuando me casé, cinco años atrás, ya la tenía. También cuando estudie en Atlanta. Durante mis estudios en Antofagasta siempre estuvo conmigo, y hasta por ahí me acuerdo. Lo más probable es que mi viejita me la debe haber dado cuando me fuí de Santiago con destino Norte, es decir, marzo del 80. O sea, son casi 14 años que está conmigo. El período de mi vida que he vivido bajo techos que no los compartí con mis viejos. Toda mi vida.

Al principio me creí un poco rayado por darle tantas vueltas a la falta transitoria de mi peineta azul, ya que supuse que se me había quedado en mi casa. Pero después pensé, que uno generalmente no valora las cosas cuando las tiene, sino que lo hace cuando las pierde. Incluso aquellas cosas que no tienen más valor que el sentimental, pero que nos han acompañado en nuestro crecer, en nuestro vivir. Mi peineta azul me ha acompañado en todas; me ha peinado en días buenos y días malos, con sol, nublado o lloviendo. Pa' ir al trabajo y pa' ir a fiestas. Me ha peinado con calma y con prisa; alegre y enojado. Me ha peinado para dar bienvenidas a este mundo, como las de mis propios hijos, y me ha peinado para despedir, también transitoriamente, a un amigo de corazón que partió un martes de madrugada. Me ha peinado optimista, indiferente y pesimista. Me ha peinado en mil lugares distintos, ya sea sonriendo o llorando.

La analogía se volvio inevitable, y terminé relacionando a mi peineta azul con todos esos amigos que sé que están ahí, pero que poco los veo. Y me imaginé que si algún día, uno de ellos faltara, me lamentaría no haberle expresado mi amistad. Es ese el motivo de estas líneas. Volcar estos pensamientos al papel y hacerlos llegar a quienes me interesa que lleguen. Cada uno de ustedes son mis amigos y tan solo quiero expresarles ese sentimiento de amistad. Cada uno de ustedes, de las más variadas formas, han peinado estos últimos catorce años de mi vida, al igual que mi peineta azul.

Debe ser que el "azul" definitivamente es sinónimo de pasión y sentimiento.