(Tiempo Aproximado de Lectura: 7 a 8 minutos)
Y el otorrinolaringólogo me dijo lo que nunca pensé que me podían decir.
"Usted necesita guardar absoluto silencio por una semana".
"Usted necesita guardar absoluto silencio por una semana".
"¿Por una semana?"
Le pregunté e inmediatamente me "auto pregunté" cuándo exactamente
debía comenzar ese silencio. Él no me respondió hablando, sino moviendo
su cabeza de arriba hacia abajo, como invitándo a acostúmbrame a no
decir más palabras. Y pensé: "A mí, Adolfo Valderrama Porter,
que generalmente estoy generalmente hablando, me acaban de ordenar
quedarme definitivamente callado". Uff... ¡Qué pedazo de desafio!
Ya hace rato que andaba
con algunas molestias en la garganta, que creo que se acentuaron en mi ida a
Monterrey, México en el mes de enero, en que junto a Adela, Rosa y Pablo de
Chile, Cristi de Colombia y Martín de Argentina fuimos a conocer en “vivo y en
directo” el comienzo de la tercera generación del proyecto de Coaching de Sociedad “Cambio Yo, Cambia México”. Nuestra
anfitriona fue Rosa Elva Garcia, “regiomontana” de corazón, que después de
arduas y entretenidas sesiones de trabajo, nos invitaba a Karaokes donde se
cantan rancheras de verdad, de esas “corta venas”, tipo “Te quedo grande la yegua y a mi me faltó jinete”. Y obvio, para
dejar bien el país… esforcé las cuerdas vocales más de lo debido. Este pudo
haber sido el agravante. La causa más probable es una técnica no óptima al
hablar frente a otros, sobre todo en talleres… que es donde me gano
entretenidamente la vida. O sea… complica’ la cuestión.
Bueno. Sea cual fuese la
causa, el doctor me abrió la boca, me hecho una anestesia del verbo mala,
asquerosa… esperamos unos minutos… y metió un instrumento con el que pudo ver
que tenía un pequeño pólipo en una de las cuerdas vocales que estaba
produciendo esta molestia. La orden de quedarme callado era requerida, ya que
un mayor daño de la zona, podría significar terminar con una operación,
igualita a la que tuvo que hacerse Adele (la cantante inglesa). Ella, claro
está, tiene un colchón en Euros (miles de discos vendidos) un poquito más
grande del que tengo yo, para quedarse callada todo el tiempo que requiera la
recuperación. Así que eso que me operen puede estar complicado. Orden recibida
y a quedarme callado se ha dicho.
Y callado comencé a
observar situaciones que hablando no veía. Vi, por ejemplo, lo incomoda que se
pone la gente cuando les decía que no podía hablar, poniendo un dedo en mi boca
y luego el mismo dedo apuntándome a mí mismo. Me miraban como bicho raro
inmediatamente… me imagino que preguntándose “¿y cómo diablos quiere que le entienda si no me puede hablar?”.
Entonces sacaba lápiz y papel y escribía lo que necesitaba de ellos. Y cómo
hablo, escribo… o sea, muy rápido, lo que a veces hacía que mi letra fuera muy
parecida a la mayoría de los doctores… o sea, ilegible. Entonces, cuando veía
que la persona empezaba a poner caras raras al leer lo que había escrito, les
hacia un gesto con la mano abierta cómo diciéndole que me esperara, y escribía
de nuevo, más leeeeeento. Y allí, la persona volvía a leer y me levantaba el
pulgar como señal de recepción del mensaje.
Una de las cosas que me
di cuenta rápidamente fue que cuando una persona que no habla se comunica con
una que habla, se produce un principio de “conmutatividad empática” (por
definirla de alguna manera). En el ejemplo que di en el párrafo anterior, la
persona al poder leer bien lo que escribí, perfectamente me podría haber dicho
en voz alta, “ah, ahora entendí”.
Pero no. En cambio, me levantó el pulgar como señal de “ah, ahora entendí”. Algo
similar me pasó en la farmacia cuando fui a comprar los remedios que me dio el
doctor. Le mostré la receta a la niña que atendía, y le escribí sobre la misma
receta “¿Me puede decir los precios, por
favor?”. Ella agarró la receta, se fue para adentro y volvió con el par de
remedios y a continuación escribió los precios al lado del nombre de cada
remedio… y con una cara de gentileza suprema me pasó la receta médica sin
mencionar palabra alguna. Yo la quedé
mirando con cara de extrañeza, porque ella me podría haber dicho los precios…
pero no, me los escribió. Me imagino que ello ocurre porque mucha gente debe
pensar que si soy mudo, debo ser sordo… qué sé yo.
También me pasó cuando
fui a echarle gasolina al auto. Me bajé del auto, me dirigí a la máquina misma
y apunte a la manguera de 95 y le hice un señal al bombero con mi mano que me
lo llenara, poniéndola levemente por sobre mi cabeza. El bombero entendió
perfecto y me lo repitió con palabras para que se lo confirmase: ¿Lleno 95? Si, afirme yo con mi cabeza
moviéndola de arriba hacia abajo. Perfecto todo. A la hora de pagar, el bombero
me pregunta, “¿paga con efectivo o con
tarjeta?”. Lo divertido es que mientras pronunciaba “efectivo” movía los
dedos como se hace para mostrar billetes y mientras pronuncia “tarjeta” movía
la mano de arriba abajo como si tuviera efectivamente una tarjeta en la mano y
la pasara por el dispositivo para procesar el pago. Te invito a leer nuevamente
la frase ¿paga con efectivo o con tarjeta?
y mueve tus dedos y tu mano como lo hizo el bombero. Rara la cuestión. Mi
sonrisa no pudo ser mayor… y le respondí con el mismo movimiento de mano de
estar procesando la tarjeta de crédito. Procesada la tarjeta, le di propina, a
lo que respondió con unas gracias mientras me cerraba el ojo (bien
intencionadamente, supongo). “Está
entretenida esta cuestión”, pensé.
Hubo muchas personas que
no me escribieron como la niña de la farmacia, ni utilizaron las manos como el
bombero. Sin embargo, lo que si hicieron mientras yo les escribía lo que
requería de ellos, fue hablarme des-pa-ci-to (es decir muy leeeeeeeeeento). Cómo
si mi estado de no poder hablar estuviese asociado a no poder escuchar si me
hablan a una velocidad normal. Entonces, yo mudo, ¿escucho supuestamente mejor
si me hablan más l-e-n-t-o? Na´que ver. Rara la cuestión nuevamente, sin ni una
lógica. Y, me tuve que aguantar la risa en un par de ocasiones. Igual valoro
que hayan tenido esa consideración… aunque, repito, ni una lógica.
Esto del lápiz y el papel
me hizo darme cuenta de muchas otras cosas también. Por ejemplo, me percaté que
cuando estaba con más de una persona a la vez, llevar conversaciones paralelas
era un verdadero desafío. Tenía que escribir preocupado de dos… lo que era
definitivamente difícil de seguir incluso por ellos, porque no sabían qué respuesta
escrita era para quién. Cuando todos
hablamos se puede llevar esa conversación más fácilmente, aunque pensándolo
bien, no son conversaciones muy efectivas, porque hay uno que siempre está en
pausa, siendo prioritaria la conversación con el otro. Es cómo estar llevando
dos conversas a medias, dejando intermitentemente, a alguien en espera.
La segunda noche en que
estaba en este régimen de silencio, salimos a comer con Coni y dos amigos más,
uno de ellos extranjero que estaba de paso por Chile, por lo que ameritaba
estar presente a pesar de mi silencio oral.
“Conversé” toda la noche escribiendo en mi libretita de notas. Y allí me
di cuenta que bajo este esquema efectivamente podía tener conversaciones
privadas con otro. Le podía escribir algo que sólo esa persona podía leer, y al
responderme, sobre todo si la respuesta era con monosílabas como SI o NO, todos
los demás quedaban fuera de la conversa. Poderoso el asunto. Cuando todos pueden
hablar eso no sucede (o al menos no debería suceder), ya que no abrimos
conversas privadas frente a terceros si no queremos que las escuchen.
Otro “alcachofazo” que me pegué fue que tuve que poner prioridad en que quería y/o debía decir. Como la escritura es considerablemente más lenta que las palabras habladas, simplemente no podía seguir el ritmo de las conversaciones que se llevaban a cabo a mí alrededor. Entonces, si iba a “hablar” escribiendo tenía que reflexionar qué era lo más relevante para hacerme “escuchar”. Así, comencé a ponerle un filtro de calidad a lo que escribía y a las conversaciones que deseaba abrir. Ya no tenía los recursos para decir TODO lo que quisiera.
Además me di cuenta de lo
mucho que habla la gente… pucha que habla la gente y a veces habla sin tener la
necesidad de hablar, es como que no pensaran (pensáramos) en lo que aportan con
tal o cual “hablar”.
Por último, lo otro que
observe es que personas con las que habitualmente conversamos mucho, se ponían
entre nerviosas y ansiosas con mi silencio. Claro, al yo no poder hablar, la
otra persona tenía dos alternativas. Una, hablárselo todo de modo de suplir la
mitad que yo no hablaba ahora. Lo que de por si es bastante incómodo, porque es
una conversa con retroalimentación muy limitada. Y la segunda alternativa,
quedarse callada, lo que también significaba un reto, un desafío para una
persona que no está acostumbrada a esos espacios de silencio con otro. Y
recuerdo que una amiga, en relación a esto, me hizo ver lo relevante y
significativo que es que las relaciones también se sustenten en los silencios,
en los espacios en que no existan palabras. Digno de reflexionarlo.
Fueron días interesantes.
Fui, de verdad, otro observador de mi entorno. Y si bien puede sonar a una
perogrullada, la única manera de darme cuenta de todo lo que me di cuenta era
estando en silencio… es decir, escuchando.
Tengo que reconocer, después de esta experiencia, que existe un espacio
diferente, contemplador y reflexivo que se abrió desde el silencio, pero no
desde el silencio conmigo mismo solamente, sino con el silencio en presencia de
otros. Durante esos días, de alguna manera, estuve más conmigo mismo aún
estando con otros, y me gustó… fíjense.
Adolfo
Ps. A los que le gusten las rancheras cantadas por mujeres bravas, les recomiendo definitivamente "Te quedó grande la Yegua". Para escucharla, haz click en la "x".
5 comentarios:
:)
me rei con ganas con tus letras querido , escribes tan bien que podia participar en todas las situaciones que describes..buena experiencia , creo que lo hare como ejercicio quizas por un dia completo , agregandolo al ejercico que hago a diario 30 minutos de hacer todo con la mano izquierda y los sabados por dos horas "hago" con los ojos tapados. te mando un abrazo , ya tu sabes ! aveces hablamos para no decir!!!!
Adolfo
¡tan reflexivo y original! me entretienen tus detalles y descubrimientos de situaciones tan diarias, tan de la vida y a las cuales les sacas tantos detalles y pensamientos interesantes.
(no sé si me estás comentando en serio o es otra de tus "reflexiones al cierre"). Un abrazo, gracias por comunicarte.
Muy buena tu experiencia Adolfo. Definitivamente fuiste capaz de transmitirme toda tu vivencia. Las observaciones sobre lo que hacemos cuando encontramos a alguien que no habla, me harán la próxima vez preguntarle si escucha, ya que también tenía asociado en mi cerebro el sordomudo.
Un abrazo
Sandra
Definitivamente debieras escribir un libro que recopile todas tus reflexiones.
Me encanta como escribres!!.-
Un abrazo, Fito.-
Janina,.
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