14 diciembre 2010

¿Y si regalamos contextos?


(Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos)

Es rara la cuestión
en las empresas cuando se acerca fin de año. Tenemos la necesidad de hacer algo todos juntos y parece que no se nos ocurre nada más que el “Amigo Secreto”. Y vas y le preguntas a la gente si le gusta el jueguito este y la gran mayoría dice que le carga. Sin embargo, terminan igual jugando la cuestión. ¿Será por falta de alternativas? ¿Será que no queremos esforzarnos en crear algo distinto? ¿Será que es mejor diablo conocido que por conocer? ¿Será que necesitamos un espacio en que nos inter-relacionemos de una manera distinta? ¿Será que buscamos un momento en que haya pausa, en que las jerarquías no valgan de nada y en que nos igualemos de alguna manera? ¿Será que deseamos un contexto para sentirnos compañeros sin apuros y sin metas?

Me preguntaba por la necesidad de jugarlo, de regalarnos algo en esta época. Y reflexionaba en el hecho que parece que no nos “regalamos” suficiente durante el año. No nos regalamos suficientes agradecimientos entre compañeros de trabajo. No nos regalamos suficientes abrazos, suficientes sonrisas, suficientes espacios de escucha de unos a otros. Y cuando damos y/o recibimos “feedback”, normalmente nos “regalamos” lo que hacemos más o menos mal, esas “brechas” que tenemos que mejorar, pero pocas veces nos regalamos lo que hacemos bien. No hemos creado instancias regulares en que nos mostremos a otros así más coherentemente.

Y creo decirlo con conocimiento de causa, ya que en muchos de los talleres que hemos realizado durante estos últimos años a equipos de empresas, comenzamos el taller invitando a que la gente se abrace primero formalmente, luego lo más chacoteros posibles y por último, en un abrazo en silencio que tienen como condición adicional “quedarse” amarrado en el abrazo por unos segundos. Sin excepción, cada vez que le preguntamos qué tipo de abrazo les gustó más… la respuesta es siempre: el último. ¿Y qué falta para que esos mismos abrazos se den en sus lugares de trabajo?

Lo mismo ocurre cuando hemos trabajado con equipos los “agradecimientos” mutuos. Le pedimos a la gente que vaya y agradezca a alguna compañera o compañero por algo que ella o él haya hecho durante su permanencia en la empresa, por pequeño que haya sido. No tenemos que pedirles que se abracen ni nada por el estilo, porque les sale natural. Y van y agradecen a un otro… y una otra… y a un jefe… y a un subordinado… y al chofer… y así continúan, y terminan abrazando a medio mundo, perdón, al mundo entero. Nosotros nos sentamos y vemos esta escena, esta maravillosa escena de ver gente agradeciéndose como nunca lo habían hecho. Y lo interesante que tenían casi todo para hacerlo en sus propios lugares de trabajo. Y cómo no saben aquello, nos terminan contratando para que nosotros los invitemos a abrazarse y a agradecerse.

Y lo que nosotros aportamos es tan sencillo como el CONTEXTO, ese mismo que en las empresas la mayoría de las veces no existe. Si… contexto. No están pensadas las empresas para crear contextos emocionales que nos permitan aquello. Y comienzan los “¿qué dirá la gente si demostramos más de lo “debido”?. Y continúan el “yo no tengo que andar agradeciendo a nadie por el buen trabajo que realizan si es su deber no más hacerlo bien… si para eso les pagamos”. Y sigue la búsqueda constante de vasos medios vacíos en otros.

El año pasado realizando un taller a comienzos de diciembre, la gente nos contó que en unos días más iban a tener la reunión anual de entrega de premios en que, acorde a votación popular, se elegiría a Mejor Compañero, Mejor Compañera, Reina de la oficina, Rey Feo, Premio Naranja (persona más sonrisal) y el Premio Limón (para la persona más pesada de la oficina). Paréntesis - para confesar que a comienzos de esta década me gané este último premio dos años seguidos en una empresa en que era el Gerente Comercial. Recuerdo la cara estúpidamente fingida que tenía que poner, tratando de sonreír para la foto mientras todos me aplaudían como el tipo más pesado del año. Para serles franco, me dolió mucho en ambas ocasiones. Obviamente, con tamaña motivación, no hice mucho para dejar de ser menos pesado… incluso creo que atornillaba al revés este “incentivo”. Cuando se estaba organizando la entrega para el tercer año, sencillamente les dije que si querían mi presencia allí, tenía que eliminar este premio, por mí o por algún otro pesado que pudiese quitarme el trono. Y por primera vez, sólo se premió aspectos positivos de las personas. Cierre paréntesis. Bueno, con algunos años de más en esto de premiaciones de fin de año y con uno que otro taller de Coaching en el cuerpo, les pregunté a las 30 y tanto personas en la sala ¿para qué querían dar un premio Limón a alguien?, ¿qué bien podrían producir con ello?. “Para pasarlo bien” dijo uno. La pregunta siguiente fue: ¿Y tú crees que quien se lo gane lo pasara bien, por mucho que sonría al recibirlo? Nos fuimos a almorzar y luego del café, se juntaron y decidieron que eliminarían tal premio. Nos miramos con la Martita y nuestras sonrisas no nos cabían en la cara. Gracias gente linda por buscar lo positivo... que con todo lo negativo que nos sacamos en cara durante el año, el colmo sería terminar premiando los vasos medios vacíos.

Vuelvo al Amigo Secreto. Quizás este juego no requiere contexto. Viene seteado, formateado, regulado, estructurado… listo para usarse, directo a la tarea. Y no siempre el logro de la tarea se consigue como hubiésemos esperado. Me explico describiendo algunas características que he visto en este juego:

• La incomodidad de regalarle al jefe o jefa. Si le gusta el regalo, estupendo. ¿Y si no le gusta? Normalmente el juego del Amigo Secreto tiene poco de secreto.
• Recibir un regalo de alguien que se nota a la legua que lo compró en el Pronto Copec camino a la oficina (teniendo al menos 2 semanas para hacerlo con tiempo), manifestando su poca preocupación por quien recibirá el regalo.
• Peor aún cuando se nota que el regalo salió de un closet en el que estaba juntando polvo. Cero cuidado con el regalado. Cero empatía.
• También la empatía se congela cuando uno de los asistentes llega sin regalo y recibe su regalo de todos modos. “Ah… pero no te preocupes, yo te lo entrego el lunes”. Ninguna gracia recibirlo el lunes.

Así las cosas, el Amigo Secreto es una válvula de escape de nuestras faltas de contextos para crear algo mejor. Es lo que está a mano sin mayor explicación. Es el camino fácil. El camino ya recorrido… con el que pasamos el rato y nos logramos juntar a fin de año... para que nadie diga...

Yo me retaría y los desafiaría a algo más. Por ejemplo, ¿qué tal si nos regalamos momentos que vivimos durante el año? ¿Qué tal si cada uno, frente a sus compañeros, jefes y subordinados nos cuenta su mejor momento del año en la oficina, su mayor logro? ¿Qué tal si nos contamos también nuestro peor momento y cómo salimos airosos de él... o no? ¿Qué tal si nos agradecemos (sin tener que asistir a un taller) por lo que cada uno ha hecho por un otro, así explícitamente? ¿Qué tal si nos contamos lo que más nos emocionó durante el año que se va? ¿Qué tal si nos adelantamos nuestros sueños para el año que viene? ¿Y qué si escribimos en un papelito un regalo pequeño que le quieras dar otro en una sola frase? ¿Y qué tal si luego compartimos lo que nos regalaron, aunque sea anónimamente?

Los regalos que pueden salir de este espacio valen mucho más que las 4 lucas que se definieron cómo límite para el Amigo Secreto. Nos tendremos que regalar tiempo suficiente para escucharnos, para prestarnos atención. Regalarnos estar allí y no en otra parte. Nos regalaremos confianza, apertura y empatía. Nos regalaremos conocernos más para comenzar un año mejor. Nos regalaremos lo que no se dijo y se quiso decir esperando un espacio, un contexto adecuado.

La gracia de todos estos regalos es que son gratis y no requieren más envoltorio que nosotros mismo.

Un abrazo de esos en silencio. Adolfo

Ps. Si igual se quieren regalar regalos "físicos"... siempre está la alternativa del Elefante Blanco, que es 10 más entretenido que el Amigo Secreto.

30 septiembre 2010

¿Qué es la Comedia?

“Señores pasajeros, les habla el capitán para informarles que debido a una falla mecánica de un instrumento del avión que se encuentra congelado, no debiendo estarlo, más las condiciones meteorológicas reinantes en el aeropuerto de Aguascalientes, hemos decidido regresar a la Cuidad de México. Por su comprensión, muchas gracias”.

(Tiempo aproximado de lectura: 9 minutos)

“Conchaesumadre”… exclamé inmediatamente. Para dar un poco de contexto, les cuento mi arribo al aeropuerto del DF un par de horas atrás. El vuelo que originalmente era a las 18:35 horas, se mostraba en las pantallas de Salidas atrasado saliendo a las 19:10 horas, sin puerta (Gate) aún definida. Desde el taxi camino al aeropuerto, me había dado cuenta que existían una línea de aviones pequeños (muy aerodinámicos y bonitos ellos) que se llamaban Aeroméxico Connect. No era el típico avión Boeing o Airbus con que viajamos entre ciudades en nuestro Chile. Era considerablemente más pequeño. Y era así como se mostraba en pantalla, Aeroméxico Connect. Sentado por ahí cerca de una pantalla, veo que retrasaron el vuelo 10 minutos más y aún no definían la puerta. Ya estábamos saliendo a las 19:20 horas. Si el vuelo hubiese salido en itinerario original, a las 19:40 hubiésemos estado llegando a Aguascalientes, es decir el vuelo duraba alrededor de una hora. Finalmente, avisaron que la puerta era la 75. Para ya los pasos. Ya a punto de embarcar, nos avisan que ahora nos debíamos ir a la puerta 73. Los mexicanos, como los brasileños, hacen todo grande. Imagínense… aeropuerto con al menos 75 puertas de embarque. Partimos entonces a la 73. Finalmente, comenzamos a embarcar a las 19:40 horas, una hora y cinco minutos de atraso.

A pesar de ser un avión pequeño, de esos que se llegan en buses, abordamos con manga. Entrando al avión me di cuenta que era de esos que tienen una fila apegada a la ventana, pasillo y luego un asiento en pasillo y otro en la otra ventana. Tres asientos por fila. Yo sentado en asiento 10B pasillo, sin ventana al lado. Me siento y curioso buscó el modelo del avión y su procedencia, esperando un avión gringo, francés, inglés, canadiense, qué se yo. EMBRAER 145. O sea… brasileño. ¿Brasileño? Chuta… esos gallos son buenos para la pelota, las caipiriñas, incluso para armar Audi, pero ¿aviones?

OK. Chileno en avión brasileño, muy atrasado camino a Aguascalientes, a una hora de vuelo en cielos mexicanos... cielos que por estos días han estado medio “movidos” con lluvias y tormentas no menores. Listo… partimos. Potente el chico con sus dos motores a propulsión en la cola (o sea, no es chico de hélices). A pesar de no estar en la ventana y dado lo estrecho del fuselaje, puedo ver por ambas ventanas en mis costados lo grandiosa que es Ciudad de México… como que no terminamos nunca de alejarnos de las luces. Kilómetros y kilómetros de casas, calles y luces. El mexicano que iba al lado mío, se queda dormido en un dos por tres. El vuelo va bien por todos lados. La azafata ya sirviendo bebidas, pasa por mi lado y me ofrece algo, a lo que le doy las gracias y un no. El caballero del lado ni se entera que pasaron con cervezas y mani gratis (comparado con American Airlines que te cobran 5 dólares por la cerveza gringa desabrida). Ya atendiendo la fila 8, suena el citófono de la azafata… camina unos pasos, lo contesta y veo que escucha y se sonríe. Y vuelve a seguir sirviendo las 8 filas que le faltan. Y ahí, justo ahí, después de al menos 30 minutos de vuelo, el piloto da el anuncio que menciono en el primer párrafo de este relato. Ufff…

De ahí en adelante… pensé literalmente cientos de cosas… muchas sin mucho sentido. Por ejemplo, pensé en el por qué sonrió la azafata cuando el piloto le dijo que nos devolvíamos. Pensé en lo entrenada, en lo bien entrenada, que debe estar ella para que en momentos de verdadero peligro, aún mantenga una sonrisa… y siga sirviendo cervezas gratis como si nada. El juicio del “peligro” obviamente es mío… y se funda en que nos devolvemos cuando llevamos más de la mitad del viaje. O sea, hasta de pronto tardamos menos en llegar a Aguascalientes que devolvernos al DF. También me huele a peligro (¿qué será de la Miriam, a todo esto?) que vayamos con un instrumento suficientemente congelado para tener que devolvernos. El aparato, artefacto o lo que sea, va congelado no importa si vamos para el norte o para el sur. Me suma aún más a ese peligro el hecho que hayamos salido tan atrasados, cuya justificación puede ser que el avión efectivamente estaba con problemas técnicos. Mientras ocurre todo esto… y mi cabeza se tiñe de peligros, el cuate del lado de la ventana va en el segundo sueño.

El avión gira suavemente y se dirige nuevamente al sur. Yo sigo con mis “sin sentidos”. Se me ocurre, por ejemplo, que el 23 de septiembre es el día de los inocentes en México y seguro toda la tripulación nos está jugando una broma… y que en realidad ese giro muy suave, nunca fue giro y vamos a aterrizar en una ratico en Aguascalientes. Al rato descartaría de lleno esta despelotada, pero esperanzadora idea.

Para más remate, no sé si efectivamente, o si mi percepción de peligro ultra sensibilizada, siento que el avión se mueve mucho más, que tiembla mucho más. ¿Para qué diablos servirá el instrumento que está congelado? ¿No será el que abre el tren de aterrizaje? También pienso en lo terrible que es ser tan observador… y tan bueno para hacerme películas. El de la otra ventana, tenía cara de preocupado, pero no lo suficiente para impedirle tomarse su cerveza (gratis) y su mani. Más adelante veo uno que sigue trabajando en una Excel. Y el cuate de mi lado… en el tercer sueño.

Inevitablemente, cuando mis viajes en aviones se “complican”, me da por acercarme a Dios. Si, lo sé. No es justo. Sólo me acuerdo de él... y lo convoco en las malas. Ahora, como EL es misericordioso, seguro me perdona por mi falta de contactos en las buenas. Tanto es mi nervio y ya mi angustia… que trato de rezar el Padre Nuestro. Para mi, la situación es tan dramática haya arriba a miles de pies de altura en un avión con un instrumento congelado, que trato incluso de rezar. Cuando los instrumentos de los humanos (brasileños en este caso, inspeccionado por mexicanos) fallan, es al menos tranquilizador acercarse a Dios. No prospera mucho mi Padre Nuestro… ya que el piloto vuelve a hablar por los parlantes de todo el avión.

“Tripulación, pasando los 10 mil pies”. Eso significa que ya estamos en franco descenso y que en unos cuantos minutos más aterrizaremos. En eso, gran sorpresa, se despierta el ciudadano del lado, no cachando absolutamente nada de nada de lo que ha ocurrido. Pienso si le cuento o no que estamos a punto de aterrizar de vuelta en el DF. Y mientras el avión desciende más y más, veo a este señor mirando fijamente por la ventana. Y me imagino lo que debe estar pensando al ver kilómetros y kilómetros de luces, casas, calles y autos… “oye… que ha crecido Aguascalientes”. Hasta me rio en silencio con la sola idea de lo confundido que debe estar. Es la dulce venganza de que no tuvo que vivir el anuncio maldito del instrumento congelado. Y paréntesis… ¿aún no me explico porque diablos el piloto nos tuvo que mencionar que el instrumento estaba congelado? Como diría un consultor, ¿qué valor agrega a nosotros, asustados pasajeros, esa información?

Mientras seguimos descendiendo, no aguanto más y le mencionó al señor del lado que nos estamos devolviendo a la capital. Yo creo que no cachó nada lo que le dije… lo que es normal cuando un chileno nervioso le habla en “chileno nervioso” a un mexicano, más aún con oídos medios tapados. Sin embargo, este mexicano ni siquiera me dijo “¿Mande?”, que es lo que dicen los mexicanos cuando no entienden a los chilenos (nerviosos o no). Bueno, no me hago más problema… al menos traté.

El avión sigue descendido y finalmente aterriza, nada fuera de lo normal. Descarto entonces que el instrumento congelado fuese el que abría el tren de aterrizaje. Y mientras nos acercamos a la terminal 2 (que es relativamente nueva y está preciosa)… el caballero del lado ve Jumbos 747 de Luftansa y Boeing de American Airlines y Airbus de Air France. Y nuevamente me imagino que piensa… “Chuta (en su equivalente mexicano), que manera de tener movimiento el Aeropuerto Internacional de Aguascalientes”. Ahí ya le “cae el 20”. Se gira hacia mí y me pregunta… ¿Estamos de vuelta en Ciudad de México? Yo contesto un si moviendo mi cabeza, mientras en mi boca se me esboza una leve sonrisa.

Después de estar parados unos buenos minutos, como sin tener donde ir ya que no está programado nuestro regreso, comenzamos a avanzar al terminal, mientras la azafata nos dice que tendremos que bajarnos con todas nuestras pertenecías, ya que nos cambiaremos de avión. La señora que iba sentada en el asiento delante de mí le comenta a su compañero que siempre dicen que van a cambiar de avión… y efectivamente nunca los cambian. Uff, otra preocupación más en mi cabeza. Me bajo del avión y le veo la placa pintada en el fuselaje: XA-LIA.

Después de una hora y tanto más de espera, volvemos a embarcar. Y como lo hacemos por manga, no puedo ver si el avión es el mismo o no, ya que no se ve el fuselaje. Habrá que confiar… digo yo. ¿O no? Vuelo tranquilo esta vez, sin instrumentos congelados. Llegamos finalmente a Aguascalientes a las 23:30 horas, y lo único que quiero es tomarme una cerveza, ojala en un vaso… congelado.

En una película de Woody Alen, me acuerdo que un personaje definió Comedia como Tragedia más Tiempo. Eso es justo lo que este relato es… es añadirle tiempo a mi “tragedia” de aquella tarde, para convertirla en comedia.

Ah, casi se me olvidaba mencionar que el caballero de la ventana en el segundo viaje, NO pego pestaña.

24 julio 2010

La misteriosa relación entre Interacciones Humanas y Ventanas de Windows.

(Tiempo aproximado de lectura: 7 minutos)
Estando en Bogotá a comienzos de marzo de este año, me di el gusto de caminar todo el Parque del Virrey con mi cámara fotográfica en mano… capturando instantes ajenos… que ahora son también míos. Mientras andaba en estos quehaceres, me puse a reflexionar sobre lo ocurrido en los cinco días del Laboratorio de Interacciones Humanas al que había asistido. Me es muy difícil lograr explicar lo vivido. Es del tipo de experiencias que no se explican, sólo se viven. Si traemos el Laboratorio a Chile, les recomiendo encarecidamente que se lo vivan. (Punto a parte).

El maldito computador se quedo pegado (él que no me robaron). No avanza ni retrocede. El mouse no funciona. La lucecita que muestra que el disco duro está trabajando como loco, me hace señas, así silenciosamente. No vocifera para nada y me imagino que quiere gritar, pero no puede. Veo que está llegando justo al punto de tratar de rescatar lo posible y así volver a la “normalidad" o de quedarse pegado para siempre,
no habiendo más alternativa que el reinicio "duro". Creo escuchar al computador pedir desesperadamente, algo así como: “Por favor… libérenme… reinícienme... no doy más… es demasiada la carga y no me la puedo... por favor ayúdenme… ¿no ven que estoy sufriendo?... reinícienme”. Me recuerda a ese hombre que hace poco descubrieron que no estaba en coma y que llevaba años tratando de mover una ceja, estando consciente de todo a su alrededor, pero siendo incapaz de darlo a conocer. Bueno, al menos acá hay una luz que algo me está tratando de decir.

Cuando me detengo a mirar la pantalla del computador, me doy cuenta de la cantidad de ventanas abiertas que tengo. Skype con ventanitas abiertas por doquier… unas neutras y otras naranjas que estaban titilantes hace un rato atrás. Y ahí las conversaciones tienen prioridades: unas las respondo “altiro”, otras las dejo pendientes (como suspendidas en el tiempo y en el espacio) y no me intranquiliza, porque siento que la contraparte hace lo mismo y no se urge, Y van quedando ahí… consumiendo energía del procesador.

Facebook también abierto con la “necesidad imperiosa” de saberlo todo ya… de estar al tanto que tal persona salió de la reunión ejecutiva y fue al baño… y no había papel... y se tardó en llegar de nuevo a su reunión… (todo esto en tiempo real). O que el "Comandante" está pensando en darle una oportunidad muy pequeña a Tatán, pequeña. O que me invitan a unirme al grupo de los que apuestan que pueden encontrar más de 10.000 personas que se han quedado con la propina cuando nadie los ve.


El correo electrónico es aún más “decidor”. Varias ventanas abiertas con temas pendientes, unos más serios que otros. Están los urgentes e importantes, los que se deberían responder de inmediato y no necesariamente se responden. Están los importantes pero no urgentes, que igual no los respondo por dejarlos en “baño Maria” y de pronto se resuelven solos. Están los correos de cadenas que a veces (las menos) son suficientemente entretenidos o sorprendentes para abrirlos y reenviarlos, y ahí quedan, en ventana abierta, hasta que "tenga tiempo" de leerlo (y yo mismo enseño que el tiempo no se tiene, se hace). Y así sigo sumando y sumando para llegar al punto que ya el computador no de más. Planillas Excel con sumas a medio camino, archivos Word, diseño de PPT, imágenes y mp3. Y para tranquilizarme ante tanta cosa abierta, comienzo a minimizar ventanas, mientras pienso que el computador se debe decir… “¿a quién estará tratando de engañar este w…?”. No hay como el pobre artefacto no se quede petrificado.


Y hasta acá me imagino que se preguntará qué diablos tiene que ver esto con las Interacciones Humanas. La metáfora no es menor para mí: ¿Cuántas ventanas abiertas mantengo en mi vida? ¿Cuántas mantengo minimizadas esperando que las tareas y responsabilidades que tengo con otros y conmigo mismo se solucionen como por arte de magia? ¿Qué tan a menudo me hago el tonto ante ellas? ¿Qué tanta energía me consumen?

Aprendí en el Laboratorio de Interacciones Humanas, en que estuve en marzo en Colombia, que nosotros los seres humanos mantenemos más “ventanas abiertas” de las necesarias. La verdad es que no lo “aprendí”, sino que “tomé conciencia” de ello, ya que el verdadero aprendizaje vendrá cuando yo mismo comience a cerrar las ventanas innecesariamente abiertas, esas que finalmente terminan dañando “mi sistema operativo". Muchas veces, más de lo aconsejable, no soy capaz de cerrar cada tema en el momento adecuado y con la persona adecuada. Cuando me dicen algo que me impacta negativamente, algo que me hiere, no he sido capaz de decirle a tal persona que eso que me acaba de decir me provoca una emoción que no me es agradable. Y me quedo con esa emoción desagradable aquí dentro, la trato de ocultar, de enterrar, pero es una emoción viva… y enterrar emociones negativas vivas es finalmente nefasto. Es como una ventana de Windows que al momento del suceso está maximizada al 100% , pero que luego de ocurrido y al no actuar, no soy capaz de cerrarla... sólo la minimizo. Y allí está consumiendo mi energía. En ocasiones la vuelvo a abrir por completo cuando se toca el tema nuevamente… y si no lo resuelvo, la vuelvo a minimizar con mayor información, es decir, consumiendo más memoria aún.

Y no soy sólo "víctima" de las ventanas que no me esmero en cerrar. A veces soy el victimario. Muchas veces soy yo, a través de
mis dichos, mis actos, mis omisiones y mis silencios, quien ando abriendo ventanas, que sé que la otra persona no termina de cerrar. Y si bien, puede que piense (ingenuamente) que eso no afecta a mi “computador”, al final si lo hace, ya que estamos todos interconectados.

Y si este comportamiento de andar dejando ventanas propias y ajenas abiertas es dañino… ¿por qué será que lo hacemos? Si me apuran la respuesta, yo al menos creo que lo hago por miedo. Cuando dejo abierta una ventana propia producto de que alguien me impactó negativamente, tengo miedo de hacerme cargo de dicha situación, miedo de parecer conflictivo, miedo de escalar el tema a una situación aún mayor sobre-reaccionando con mi respuesta, miedo de mostrarme demasiado sensible ante asuntos que para la otra persona pueden ser irrelevantes. Miedo finalmente, de dañar esa amistad, ese viejo cariño, esa relación, cercana o ese nuevo amor que espera de mi. Al dejarla minimizada, quedo con la extraña sensación de la conversa no tenida, con la insatisfacción de no haberme hecho cargo de mi propio bienestar, que (de pronto) me dejé pasar a llevar, o que sencillamente me hice el "leso". Y eso no es gratis, porque definitivamente consume… consume energía, que muchas veces se vivencia en un zumbido de baja frecuencia que se pasea entre mis oídos, mi mente y mi corazón… como la luz desesperada del computador a punto de quedarse pegado por falta de memoria.


Me recordaron esta semana de una tarjeta que escribí hace un tiempo que se llamaba Relaciones Saldadas, y pensé, esto se trata de lo mismo… de la cotidianidad de saldar pequeñas cuentas conmigo y con quienes me importan en el día a día. Tengo aún algunas ventanas minimizadas que me siguen consumiendo mucha energía… conversas pendiente que finalmente tengo que re-abrir para luego cerrarlas, tengo disculpas que pedir por heridas que sé que produje, tengo cariño y amor que declarar… tengo “memoria” que liberar para no quedarme “pegado”, para disfrutar de este viaje.

02 abril 2010

Anoche me robaron mi notebook y ...

Anoche, camino al cumpleaños de una amiga, estacioné el auto en la calle lateral de Kennedy a la altura de la pasarela que atraviesa la avenida, con el fin de comprar una regalito en el Boulevard del Parque Arauco. Decidí no estacionarme en el mall porque ya iba a un tanto tarde. Me aseguré que el auto quedara bien cerrado y comencé a subir las escaleras para cruzar la pasarela. Me di cuenta que esta era la primera vez que cruzaba tal pasarela y reflexioné sobre lo distinto que se ve Kennedy desde allí, caminando en la altura, mientras los autos pasan todos a más de 100 km/hr. En medio de la pasarela, no pude dejar de fijarme en un letrerito que estaba pegado en la reja de protección, que mostraba una foto de un disco duro externo y tenía un texto que casi imploraba por si alguien lo había encontrado, que por favor se contactara con tal celular y que sería adecuadamente recompensando. "Pobre gallo", pensé. Debe haber perdido toda SU información relevante, quizás perdió lo que lo constituye como profesional en años de trabajo, quizás perdió fotografías que jamás podrá volver a tomar, quizás perdió una colección completa de música que le costó también años recopilar, quizás qué perdió. Me dio lastima.

El local donde quería comprar el regalito estaba cerrado, así que activé mentalmente el plan B, que era regalarle fotos, buenas fotos, con mi "súper" cámara digital, que tomaría a la gente que asistía al cumpleaños. Para ello, ante de salir de mi departamento, decidí llevar la cámara digital "reflex" con su zoom 100-300 más su lente normal de 50 mm., en el bolso que un día me prestó Joanna y que nunca le devolví. Y cómo sabía que tenía las dos tarjetas de memoria llena, decidí llevar mi computador nuevo (casi de paquete) para poder bajar las fotos del cumpleaños 50 de mi querida hermana Luzma y las del cumpleaños 40 de mi amiga Illary, y así liberar espacio para poder tomar estas nuevas fotos, que era mi regalo alternativo. Cuando me bajé del auto, decidí no llevar el computador conmigo, acción que hago el 90% de las veces, ya que volvía en 5, máximo 10 minutos. También decidí poner mi computador en la maleta para que no se viera, y decidí cubrir el bolso de la cámara que dejé detrás del asiento del piloto con una chaqueta azul marino que tenía allí. Lo otro que decidí fue no asegurar el computador en la maleta del auto con un cable que tengo para ese propósito, ya que la "vuelta" no me iba a tomar más de 5 minutos, a lo más, 10.

Camino de regreso al auto, vuelvo a ver el letrerito de suplica del gallo que se le perdió su disco duro externo (o que se lo robaron). Veo el auto de lejos y todo normal. Lo abro con el control remoto. Me subo y veo que en el asiento del copiloto hay una serie de cachureos que normalmente ando trayendo en el compartimiento que hay entre ambos asientos. Rara la cuestión. También veo que la guantera está abierta. Automáticamente hecho mi mano derecha para atrás, tratando de alcanzar el bolso de la cámara que "está" detrás de mi asiento y agarro sólo aire. No sé explicar lo que me vino a la mente. Ese mismo movimiento lo había hecho cientos de veces, y siempre estaba allí lo que había dejado allí. En esta oportunidad... NO. Pensé en mi computador, salí del auto y abría la maleta... y también había desaparecido. Que sensación más rara la que viví. Me enfrenté en ese preciso segundo a una realidad que no quería vivir. No quería ser robado... y ya había sido robado, en menos de 5 minutos. No sabía si golpear el techo con mis manos de pura rabia, ponerme a llorar, gritar con todas mis fuerzas, salir a buscar a no sé quien no sé donde, o irme pa' adentro. Me subí nuevamente al auto y me quedé por unos segundo petrificado... como decantando que efectiva y categóricamente hace menos de 6 minutos alguien o más de alguien se estaba dando el tiempo de hasta abrir la guantera y robarme los CDs de música, además de todo lo demás. Que rara sensación de sentirme "ultrajado"... de sentir que en este espacio que es mio... había habido alguien que su único deseo era tomar lo que no era suyo.

Puse mi auto en marcha... y con una tranquilidad increíble, me dirigí a la casa de la cumpleañera. Llegué y les conté lo que me había ocurrido. Después del abrazo de apoyo, que lo necesitaba, comencé a darme cuenta de mis pérdidas, más bien comencé a enumerar lo que efectivamente había perdido, casi como un "check list". Y surgió la conversa desde "el vaso medio lleno", o sea, nos pusimos a hablar de cuan peor pudo haber sido la situación. Por ejemplo, por ser nuevo el computador, recién la semana pasada había traspasado toda la información del viejo al nuevo, por lo que a lo más había perdido sólo una semana de "movimiento". Y allí me di cuenta que los presentes podían comenzar a hacer las preguntas que irremediablemente llevarían a cuestionar las decisiones que había tomado. Si claro, si hubiese decidido comprar el regalito antes, nada de esto hubiese ocurrido. Si claro, si hubiese decidido entrar y estacionarme en el Parque Arauco, nada de esto hubiese ocurrido. Si claro, si hubiese decido no tener que llegar si o si con un regalo, si no se me hubiese ocurrido el plan B como alternativa, si hubiese liberado las memorias antes, si hubiese asegurado el computador con el cable respectivo... nada de esto hubiese ocurrido. Soy... las decisiones que tomo... y ayer fui un Adolfo "robado", por las decisiones que tomé, sin más ni menos. Y si bien, los presentes fueron muy cuidadosos, no me quise ver enfrentado a tener que explicar mucho más y menos tener que responder sobre mis decisiones. Así que decidí irme a mi departamento. Necesitaba estar solo. Abrazo de despedida... y a casa.

¿Cómo se suelta algo así? ¿Cómo suelto el fruto de mis propias decisiones? ¿Cómo hago para no quedarme pegado en los caminos que elegí? "Objetivamente" la pérdida producto de mis decisiones "erradas" fue relativamente menor. Excepto los momentos que capturé fotográficamente de los cumpleaños de la Luzma y la Illary (que no se volverán a dar nunca más), todo lo demás es "hardware", o sea, con dinero se puede re-comprar.

Anoche, después de abrir un buen vino y tomarme un par de copas solo en mi departamento, me acosté pensando en ese padre que perdió a sus dos hijos menores en el Tsunami... quizás por una pequeña decisión que tomó bien-intencionada pero equivocadamente. Esa decisión lo constituirá el resto de su vida... y no le queda más que perdonarse.

A mi me salió muy barato... y para soltar... decidí perdonarme.

26 febrero 2010

Feliz Año Nuevo... ahora sí.

Hoy, último viernes del mes, me di cuenta que si existe algo que definitivamente nos constituye como chilenos es el mes de febrero. Es raro este mes. Cuando comienza no todos saben cuánto dura, si 28 o 29 días, y a la gran mayoría no le importa, ya que este es el mes en que nos olvidaremos en qué día “estamos viviendo”.

Por otro lado es el único “mes no hábil” del año. Es el mes en que, a excepción de quienes trabajan en el rubro del turismo o alguna actividad proveedora de servicio para quienes veranean, la mayoría de los chilenos o no están trabajando o lo hacen a otro ritmo, a ooootroooo ritmo. El país en gran medida se paralizara. Nos ponemos en “pausa". Febrero es el mes que nos constituye en la gran familia que somos, en la familia que sale a veranear casi todos juntos, en que dicemos, sin decirlo, que no somos lo globalizados que nos creemos, ya que el resto del mundo sigue trabajando normalmente. Es el mes en que nos mostramos a nosotros mismos que seguimos siendo un pueblito… chiquitito así. Febrero es el mes en que todo funciona a medias… y está bien, porque lo aceptamos, porque no nos ponemos exigentes, porque podemos esperar sin mayores problemas “hasta que todo vuelva a la normalidad”.

En Santiago se ve, se vive, se palpa, se siente, se huele la diferencia. Es el mes en que es agradable manejar, ya que no hay tacos, excepto los ocasionados por los trabajos municipales ensanchando o arreglando avenidas (que me imagino son una mezcla de aprovechar la menor cantidad de gente circulando sumada a una instancia de marketing que luego publicitan para incentivar sacar la patente en la comuna que ha hecho más “manitos de gatos”). Es el mes en que es muy difícil conseguir reuniones con potenciales nuevos clientes. Eso sí, si consigues una reunión, lo más probable que sea más larga, ya que no andamos todavía a mil por hora. En la cobranza se ve definitivamente que es un mes “no hábil”. Cobrar una factura de diciembre o enero es casi imposible. “Fíjese que la persona que autoriza y/o firma el cheque está de vacaciones. Llame, por favor, la segunda semana de marzo, ya que veo difícil que la primera semana salga algún pago”. El lado positivo es que el mismo argumento puede ser dado para quien nos viene a cobrar las facturas impagas a nosotros.

Es también el mes falto de noticias relevantes. Los diputados, senadores y políticos en general están de vacaciones, veraneando revueltos por ahí en algún lago del sur o entre Papudo y Cachagua. Todas las decisiones se posponen, excepto cuando se aproxima cambio de gobierno, si y solo si, hay cambio de coalición política (lo que sucede poco), porque de lo contrario, las sorpresas no son muchas… ya que son los mismos de siempre que se barajan los cargos. Es el mes en que nos informamos en los noticieros centrales sobre la cantidad de argentinos y sobre todo… argentinas… que llegó a Reñaca.

Desde la segunda quincena hacia adelante, nos empezamos a preocupar de los artistas que vienen al festival de Viña. Es cuando los entendidos y los no tantos, argumentan que el formato del festival ya está “agotado”, que hay que cambiarlo, que es necesario renovarlo, que la calidad de los artistas es cada vez peor, que llegan los "elefantes a morir". Luego llega el festival y la farándula se apodera de todo, incluso de los primeros 20 minutos de Teletrece y 24 Hrs de TVN, dejando un par de minutos, eso sí, para hablar sobre la reunión de presidentes latinoamericanos en el Grupo de Rio. Se apodera de matutinos y vespertinos, de cuanto programa televisivo en vivo haya, para que se institucionalice el pelambre. Al final de cuentas es nuestro “carnaval”. La gran diferencia con otros países que si tienen carnaval, es que en este bailan unos pocos, mientras la gran mayoría solo observa. Es el mes en que, al menos yo, más agradezco las alternativas que nos da el cable. O aún mejor, el mes que más nos damos tiempo para leer.

Es también el mes en que se “institucionaliza” el que todo en este país comience tarde, y por tanto, todo termine tarde. Partiendo por el mismo Festival, que es un show de televisión que termina normalmente y sin ningún asco pasadito las 2:00 de la madrugada. Y hay quienes, aún trabajando al otro dia, se quedan hasta que le den la última gaviota de lo que sea, al artista de moda, sin preocuparse de que a las 6:30 sonará el despertador si o si. Y es curioso, porque ese mismo "permiso" de transnochar no nos lo damos si fuese el mes de marzo... sólo ocurre en febrero.

En mi semana de vacacione en La Serena lo viví personalmente esto de "lo tarde". Llamé a averiguar cuál era la hora más temprana para arrendar una cancha de racquetball. “A las 12:00 es la primera hora”. - Perdón, ¿cómo tan tarde? Me gustaría hacer ejercicio en la mañana, ¿no se puede antes?. - “Lo siento pero no se puede. Nosotros cerramos a las 2:00 de la mañana las canchas de baby y también tenemos que dormir. Las 12:00 es la primera hora, ¿la arrienda o no?”. A las 12:00 fue entonces.

Febrero es el mes en que nos damos permiso a ser chilenos (con la sola excepción de la semana del 18) y nos da lo mismo que los extranjeros del hemisferio norte no nos comprendan. Chile está de vacaciones.. ¿y qué? Tenemos un acuerdo implicito para vivirnos febrero como nos lo vivimos. Me pregunto si ocurrirá esto tan drásticamente en algún otro país del mundo.

Hoy, último viernes del mes, me dio por mirar el lunes que viene, el primer día del mes de marzo. Y me pasó que me sentí en el "limbo". Este es el fin de semana en el que todo cambia. Este es el domingo en que llega medio mundo de vuelta. En que los noticiarios centrales se gastan 10 minutos poniendo un grupo de reporteros en algún peaje cercano a la capital para que el capitán de turno nos “informe” que las autoridades de carreteras “hemos tomado todas las medidas necesarias para el retorno seguro de los veraneantes a sus hogares y nos satisface mencionar que todo está procediendo con absoluta normalidad”.

Quienes ya llevamos un tiempo en Santiago, este domingo también tendremos que pensar a qué hora ponemos el despertador el lunes, porque para cualquier lado que vayamos, ya no será lo mismo. Nos demoraremos si o si más que en el mismo recorrido de un día de febrero. Es el lunes en que ya nadie se acordará del festival, ni siquiera quienes dijeron que el formato estaba agotado, porque de nada sirvió (el próximo año volverán a decir lo mismo y nuevamente no habrá cambio alguno). Es el lunes en que los “pingüinos” volverán a poblar la cuidad, en que los supermercados se volverán a llenar con sus 6% de descuento en todos menos verduras, en que las filas de los bancos se harán más largas, en que los metros cuadrados de las micros y los carros del metro se harán más pequeños. Es el lunes en que nos volveremos a encontrar con nuestros compañeros de trabajo. En que nos contaremos cómo nos fue en ese lejano mes de febrero en la playa, campo o algún lago del sur. Y nos alegraremos mucho de estar con dotación nuevamente completa, no necesariamente por el cariño que nos tenemos, sino por no tener que reemplazar más al otro mientras el otro estaba de vacaciones.

Es también el lunes en que apuramos el trote y nos pondremos el cinturón de seguridad porque cambiaremos la velocidad del diario vivir. Es cuando el asunto comienza en serio. Este lunes cambiamos de estado de ánimo. El relajo se comienza a convertir en urgencia, en estrés, en llenarnos de todo. Es cuando los pendientes, los mismos que habían en febrero ahí "tranquilitos", pasan rápidamente a color rojo, a ser verdaderos pendientes. Es darle la bienvenida a los tacos… y a los gastos. Es cuando vuelven las cobranzas, las ventas, las visitas, las llamadas, los correos, las cuentas del nuevo mes, más las cuentas de lo vivido en el lejano y ya olvidado febrero.

Febrero y también enero son, a la larga, una prolongación de diciembre. En Chile, el año se acaba el 28 de febrero, y cada cuatro años, el día 29. En Chile, la “normalidad” de diciembre se “recupera” el 1 de marzo. Enero es una mezcla rara… y febrero es un paréntesis total en el “ser” de los chilenos, el mes “no hábil” con que termina el año. Este lunes comienza verdaderamente el año. Por eso estas líneas… sólo para desearles un muy FELIZ AÑO NUEVO… de corazón.

PS. Pensaba que el tiempo que me gocé escribiendo estas líneas no lo podría haber “gastado” el primer viernes de marzo. Sería una irresponsabilidad mía… con todo lo que ya habrá que hacer.

15 enero 2010

¿Momio yo?

¿Julio? Si parece que fue el mes de julio cuando fui a dictar un Taller de Colores a la carrera de Ingeniería Comercial de la U.de Concepción en su sede de Chillán. Ya que iba para allá, aproveché de invitar a mi amiga coach, Laura, para que me acompañara a dictar el taller. Ella, en cambio, me invitó a quedarme a alojar en su casa, lo que acepté encantado. Me recuerdo que cuando entré a su hogar, lo primero que vi fue una foto de Salvador Allende colgada en el living. No en un rinconcito, ni en una repisa, así como desapercibida. Estaba colgada en el “mero” living. Grande la foto. Más bien era un cuadro que mostraba a “Don Chicho” con sus lentes característicos (mismo diseño que una vez uso mi padre) con una sonrisa que se inclinaba levemente a la izquierda. Levemente.

Que manera de hacer frio en Chillán en esa época del año. Y para pasar el frio, que mejor que un vinito tinto al lado de la estufa. Y así comenzamos a conversar. No había cómo no terminar hablando de política. Me contó la historia de sus padres profesores y de sus vivencias de izquierda, de su sentir de izquierda, de su corazón de izquierda, de su alma de izquierda. Y cuando se habla de la izquierda, sale naturalmente la derecha… y no siempre en buenos términos. Es como hablar de Dios e invitar a la conversa al Diablo, hablar del Colo y de la U. Así que no pasó mucho para que surgieran términos como ”dictadura”, “facho” o “momio”. Y yo justo ahí. Se me ocurrió preguntarle: Si yo me metiera en política y postulara a un cargo público, ¿tú votarías por mi? Arriesgada la pregunta… igual la hice. Me quedó mirando y me dijo… Si, votaría por ti. Me extrañó y volví a preguntar: ¿A pesar de ser, lo que tu llamas, “momio”? Ella me miró y me dijo con firmeza: Si, porque confió en ti. Confiar. Fue linda la conversa… y me quedó dando vuelta todo el resto del año. Si amiga mía, me quedó ahí.. palpitando.

Estas letras no tienen nada que ver con influir en vuestro parecer político, vayan a votar o ya lo hayan hecho. Nada más lejos de mi intención. Somos todos grandecitos y sabemos los ideales que defendemos. Mi intención es otra. Lo que me dijo Laura me abrió a reflexionar en el cómo en nuestra sociedad nos dejamos encajonar drástica y brutalmente. Si pienso para “este” lado, me tildan de “momio recalcitrante”… y si tú piensas para el “otro” pasas a ser una “comunacha de m...” Y ambos no somos ni lo uno ni lo otro. Y lo sabemos porque nos conocemos… y principalmente, porque nos conocimos en un ámbito en que la política no era tema.

Y me pregunto el porqué el tema no puede ser tocado en la mayoría de las sobremesas. Por qué le sacamos el cuerpo y evitamos hablar de política… y cuando lo hacemos, caemos muchas veces en la agresión verbal y en la pasión desmedida. Y si escribo en plural, es porque yo también he estado allí. Sin duda, soy un pecador reconocido. Lo confieso.

Llegamos a ponernos etiquetas tan grandes que metemos a todos en 2 enormes sacos donde caben desde los pacíficos y moderados hasta los extremistas de las descalificaciones. Y quienes detentan el poder en ambas corrientes son los primeros en generalizar, denostar, descalificar y ningunear al contrario. Y cuando lo llevamos a un plano personal, si un amigo que me conoce bien, tilda de “momio” a quienes tienen inclinación distinta a la suya, incluido yo… allí, justo allí, tiendo a alejarme, ya que me acaban de meter en un saco en el que me tengo que hacer cargo de verdades (y no tan verdades) históricas que no me corresponde asumir. Si voto por “aquel” entonces “tendría que hacerme cargo” de lo ocurrido en la dictadura, de malos empresarios, de la indiferencia social, de confabulaciones corporativas, de “Bush”, de los latifundios, etc. Así, para algunos, que vote por tal señor, es votar por toda la historia que “nos” condena. Y funciona para ambos lados. Funciona perfecto.

De muestra un botón. Hace poco pregunté en Facebook ¿qué es ser progresista? Y me respondieron: “justo lo contrario a ser momio y retrograda”. Luego vino alguien que contra atacó… y así. Nos llenamos, entonces, de grupos como “Me daría vergüenza que XX fuese presidente”. Y resulta que si yo pienso votar por XX, entonces de alguna manera le estoy aportando a la vergüenza de mis amigos que son miembros de tal grupo. Impresentable. Mejor no hablar de política entonces. No hay por dónde “encontrarnos”. Todo nos hace alejarnos.

Leía que la distinción de “momio”, venía de la Francia de los 60s, en la que se llamaba así a quien no se quiere mover y no quiere cambiar. Bajo esta perspectiva, obviamente, existen “momios” de derecha y de izquierda. Y me pregunté: ¿Momio yo? Por ningún motivo. Yo me quiero mover, yo me estoy moviendo. De hecho, trabajo mostrando a otros nuevas miradas que les permitan a ellos moverse hacía donde ellos quieran. Así que de momio... nada.

Termino haciéndote un pedido. Si pienso políticamente distinto a ti, te pido que no me encasilles con ninguna caricatura, que no me metas dentro de ningún saco, que no me descalifiques por no ver las cosas como tú las ves, que no me pidas, ni insinúes que me haga cargo de ninguna aberración histórica del sector y que no compares con el “peor” de este lado. Yo me comprometo a hacer lo mismo.

Laura, quiero agradecer tu confianza. Me mostraste que es la puerta que permite abrir los muros y barreras “insalvables” que nos siguen “vendiendo”, muy exitosamente… hasta ahora.