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Un día de agosto del año
1980, dejé mi casa de la Nueva Uno, allá cerca de Tomás Moro con Cristóbal
Colón, para volver a Antofagasta a la Universidad del Norte a cursar el segundo
semestre del primer año de estudios de mi carrera de Ingeniero Comercial. Nunca
pensé que esa casa, mi casa, no la volvería a ver por dentro. Nunca pensé que
ese espacio vital, ese techo bajo el cual viví por casi toda mi infancia y
buena parte de mi juventud, no sería más mío. Hoy me doy cuenta como nunca antes (después que una gran amiga me lo hizo ver), que no
me despedí debidamente de mi casa, de mi hogar. Había algo, en algún recóndito rincón de mi corazón, que me murmuraba acerca de un ciclo que quizás nunca había cerrado por completo. No fui yo quien sacó mis pocas
pero preciadas pertenecías, no fui yo quien las metió en una caja, no fui yo
quien decidió qué botar y qué mantener. Recuerdo que en años venideros, de
tanto en tanto, iba a ver el pasaje y la casa por fuera, desafiándome a mi mismo a
tocar el timbre y pedir permiso para ver mi casa por última vez. Nunca lo hice.
No me atreví. No hubo despedidas. Treinta y dos años después, estoy ok con
ello. Entiendo, con la “sabiduría” que da el tiempo, que el contexto emocional de mi familia de
ese entonces no lo habría permitido. Y no tengo nada que recriminar a nadie.
Cuando volví nuevamente a Santiago en diciembre de ese año, mi madre ya me
tenía una habitación en su nuevo departamento de Los Leones con Lota. Punto. Eso
sí, treinta y dos años después, no quise repetir esta misma vivencia con mis
hijos.
Voy a continuar este
relato con otra vivencia. Hace un año y tanto atrás, acompañé a mi madre a
vender su Chevrolet Corsa a una feria de autos que hay en Maipú. Un espacio
inmensamente grande en que se transan cientos de autos los fines de semana.
Después de los papeleos y transferencias bancarías de rigor, yo estaba presto
para tomar mi auto y volver a dejar a mi madre a su departamento, sin embargo,
ella no estaba lista.
Cuando vio que yo me dirigía a mi auto, me pidió que la
esperara unos minutos.
¿Para dónde vas? – le pregunté.
Voy a despedirme de mi auto que tan lealmente me acompaño durante años
– me respondió.
Así, la vi acercarse al
auto, poner un brazo sobre el techo, y en una especie de abrazo, la vi
conversar con él, definitivamente despidiéndose. No tengo idea que le dijo, pero me
quedó muy grabada la imagen. Y pensé que ese bien “material” no
era sólo un lote de fierros, cables, neumáticos ni mecánica compactada como un
sistema. Era “alguien” vivo que le sirvió fielmente por años, “alguien” al que
le debía un agradecimiento sincero. Me quedó grabada la imagen, tanto así, que
hoy en mis talleres de colores, cuando se me pide ejemplo de personalidades racionales "desapegadas", describo esta situación como ejemplo contrario.
Cuando finalmente, Gladys y yo, decidimos vender la casa en que vivimos por muchos años con nuestros cuatro hijos, le comenté a ella que quería que hiciésemos una
reunión intima en que pudiésemos despedir nuestra casa, nuestro hogar. No puedo
negarles que el solo hecho de que se me ocurriese esta idea, y que más encima
se lo propusiera a Gladys, me pareció en un momento una idea muy descabellada. El
motivo de vender la casa era que, separando rumbos, Gladys y los niños se fuesen a vivir a una
casa más pequeña y me comprara un departamento propio. Y sí… reconozco que al plantearlo podrían haber aparecidos
culpas, recriminaciones, rabias, rencores, odiosidades o resentimientos que
negaran la posibilidad de esta despedida. Y no aparecieron. Y si apareció mi agradecimiento.
¿Y cómo se despide una
casa en que se ha vivido durante tantos años? No tenía idea cómo, y estaba dispuesto a
vivenciarlo como se vivencian pocas experiencias en la vida: sin la certeza de
lo que pudiese ocurrir allí. Era meternos en terrenos emocionales completamente
desconocidos. Era meternos en una vivencia sin resultados esperados que se pudiesen predecir.
Lo primero era decidir a
quiénes invitaríamos. Definitivamente queríamos que estuviesen nuestros
hijos, así que les pedimos que no se
programaran para nada más ese viernes. Natalia además invitó a su pololo.
Después queríamos que estuviese un grupo muy pequeño y cercano de amigos que
nos han acompañado a Gladys y a mí en todo este proceso. Decidimos invitar
a unos pocos amigos que han estado presentes estos últimos años, y sobre todo
que sentimos que tenían un vínculo emocional fuerte con la casa. Y sin duda alguna, a
nuestros vecinos, justo los de la casa del lado, quienes han sido por lejos los
mejores vecinos que tuvimos durante los muchos años que vivimos en Plaza del
Claustro.
Y llegó el día y la hora.
Nuestras visitas comenzaron a llegar. El ambiente era de una emocionalidad festiva,
lo que podía ser hasta incoherente. Descorchamos buenos vinos, ya que la
situación así lo ameritaba, y se dio una conversa distendida y entretenida. Ya
estando todos los invitados presentes en el living, abrí la conversación,
contándoles la vivencia de mi madre y del auto que despidió como correspondía.
La analogía fue obvia. Los Valderrama Plata NO queríamos que esta casa se
“fuese” de nuestras manos, de nuestras vidas, de nuestros corazones sin la
debida despedida. Invité a cada uno a que pudiese agradecer, en voz alta y
explícitamente, a este “ser vivo” que nos había albergado durante tantos años, pidiéndoles
que contaran sus propias experiencias y nexos con esta casa. Como se podrán
imaginar quienes me conocen, antes de terminar la invitación ya estaba
llorando, junto a varios que se me unieron por “conmutatividad”, más otros que
estaban haciendo más de algún esfuerzo para mantener a raya las lágrimas,
esfuerzo que para muchos fue en vano. Cada uno habló desde el corazón, contando vivencias
que muchos no recordábamos, como los aprendizajes que se vivieron allí, los
muchos cumpleaños de nuestros hijos y sus amigos, la experiencia de cobijar
a otros seres queridos bajo ese techo cuando una amarga coyuntura así lo
ameritó, los juegos de sobremesa que compartimos, las fiestas bailables y los
karaokes, las conversaciones de lo terrenal y de lo divino. Cada uno mostró
algo que nos permitió tenerle aún más cariño a esta casa… y sentí que mis hijos
también se llevaron varios regalos preciosos de cómo otros vivenciaron
agradecidamente su casa, su hogar. Gracias amigos.
Lo máximo, sin duda
alguna, fue la intervención de cada uno de mis hijos. Que seres tan maravillosos. Cada uno recorrió parte de su infancia, sus vivencias, sus alegrías para
mostrarse agradecido, eternamente agradecido de ella. Fue un espacio único, realmente
único. Pocas veces en mis 51 años de vida he estado tan conectado con el amor,
con el cariño, con el agradecimiento, con mi familia, con nuestra sangre (de
Gladys y mía) en estos seres preciosos que tenemos de hijos. Sanamente maduros
para sus edades, mostrando sus emocionalidades tal cuál salían, sin miedo a la
vergüenza ni al ridículo, sino que expresando como saliese lo que estaban
sintiendo, con anécdotas que nos hicieron sonreír y reír entre tanta lágrima,
y a la vez, con experiencias que nos volvieron a hacer brotar lágrimas
verdaderas y oportunas. Eran seres muy humanos entre adultos. Aprendí de ellos, como siempre lo he hecho. Aprendí que
ellos pueden dar vuelta páginas para bien, pueden pararse a mirar hacia atrás y
encontrar tanta luz, tanta alegría, tanta convivencia, tanta maravilla que sé
que se llevarán en sus corazones como vivencias reales de una niñez y juventud
feliz. Sencillamente fue un espacio precioso, maravilloso, único escucharlos a cada uno de
ellos.
Luego de los
agradecimientos sinceros, cada uno tomo un papelito y un lápiz de color y
escribió para sí mismo, aquello que deseaba que se quedase allí. Cada uno registró privadamente parte del
ciclo que deseaba cerrar en este momento de vida. Nos fuimos a la
terraza del patio de atrás y en una pequeña fogata, le permitimos al fuego "maestro" que se llevará lo que cada uno deseaba soltar… para bien, para que se
abrieran otros ciclos de vida.
Acabo de suspirar
profundo. Siento que el rito que hicimos hace unos días atrás es uno de los
espacios más sanadores que hemos vivido como familia. Soy un verdadero
agradecido que Gladys y yo hayamos estado sintonizados de vivir lo vivido desde
el cariño de lo superior, de lo esencial. Creo sinceramente que les hemos dado
una maravillosa lección de vida a nuestros hijos, como creo en la lección de
vida que ellos nos dieron también a nosotros. Creo infinitamente en la
necesidad de crear los contextos emocionales adecuados con las personas que queremos, en nuestras familias, con
nuestros amigos, en nuestros lugares de trabajo, en nuestra sociedad para que
instancias como esta ocurran. Creo en la necesidad imperiosa de ir soltando lo que haya que soltar, de vivenciar y explicitar desde nuestros corazones, todos esos sentimientos
que se acumulan en nuestra alma durante años, permitiendo que salgan genuina y
naturalmente, sin miedos, aunque vengan acompañados de mucha pena. Si no lo logramos hacer, comenzamos a enterrar en nosotros mismos emociones que se “entierran”
vivas, emociones que un día, normalmente lejano, salen nuevamente a piel y que terminan dañando el doble porque no las supimos exteriorizar en su debido momento. Lo que hicimos fue
justamente no permitir enterrar esas emociones vivas. Creamos el espacio en familia para que salieran a flote, para que fuesen explicitadas, escuchadas, acogidas, abrazadas, lloradas y en gran medida, soltadas al viento.
Gracias casa, gracias
hogar por los miles de instantes que nos permitiste vivir. Gracias por las
luces que nos hicieron crecer, y por las sombras que también nos hicieron
crecer. Y gracias Familia Valderrama Plata porque, entre todos, permitimos este
espacio, este contexto maravilloso que no me cabe duda que ya es un hito en la
vida de cada uno de nosotros que siempre siempre siempre recordaremos.
Adolfo
