01 agosto 2012

Adiós Casa - Un rito de agradecimiento


(Tiempo aproximado de lectura: + 9 minutos)

Un día de agosto del año 1980, dejé mi casa de la Nueva Uno, allá cerca de Tomás Moro con Cristóbal Colón, para volver a Antofagasta a la Universidad del Norte a cursar el segundo semestre del primer año de estudios de mi carrera de Ingeniero Comercial. Nunca pensé que esa casa, mi casa, no la volvería a ver por dentro. Nunca pensé que ese espacio vital, ese techo bajo el cual viví por casi toda mi infancia y buena parte de mi juventud, no sería más mío. Hoy me doy cuenta como nunca antes (después que una gran amiga me lo hizo ver), que no me despedí debidamente de mi casa, de mi hogar. Había algo, en algún recóndito rincón de mi corazón, que me murmuraba acerca de un ciclo que quizás nunca había cerrado por completo. No fui yo quien sacó mis pocas pero preciadas pertenecías, no fui yo quien las metió en una caja, no fui yo quien decidió qué botar y qué mantener. Recuerdo que en años venideros, de tanto en tanto, iba a ver el pasaje y la casa por fuera, desafiándome a mi mismo a tocar el timbre y pedir permiso para ver mi casa por última vez. Nunca lo hice. No me atreví. No hubo despedidas. Treinta y dos años después, estoy ok con ello. Entiendo, con la “sabiduría” que da el tiempo, que el contexto emocional de mi familia de ese entonces no lo habría permitido. Y no tengo nada que recriminar a nadie. Cuando volví nuevamente a Santiago en diciembre de ese año, mi madre ya me tenía una habitación en su nuevo departamento de Los Leones con Lota. Punto. Eso sí, treinta y dos años después, no quise repetir esta misma vivencia con mis hijos.

Voy a continuar este relato con otra vivencia. Hace un año y tanto atrás, acompañé a mi madre a vender su Chevrolet Corsa a una feria de autos que hay en Maipú. Un espacio inmensamente grande en que se transan cientos de autos los fines de semana. Después de los papeleos y transferencias bancarías de rigor, yo estaba presto para tomar mi auto y volver a dejar a mi madre a su departamento, sin embargo, ella no estaba lista. 

Cuando vio que yo me dirigía a mi auto, me pidió que la esperara unos minutos.

¿Para dónde vas? – le pregunté.

Voy a despedirme de mi auto que tan lealmente me acompaño durante años – me respondió.

Así, la vi acercarse al auto, poner un brazo sobre el techo, y en una especie de abrazo, la vi conversar con él, definitivamente despidiéndose. No tengo idea que le dijo, pero me quedó muy grabada la imagen. Y pensé que ese bien “material” no era sólo un lote de fierros, cables, neumáticos ni mecánica compactada como un sistema. Era “alguien” vivo que le sirvió fielmente por años, “alguien” al que le debía un agradecimiento sincero. Me quedó grabada la imagen, tanto así, que hoy en mis talleres de colores, cuando se me pide ejemplo de personalidades racionales "desapegadas", describo esta situación como ejemplo contrario.

Cuando finalmente, Gladys y yo, decidimos vender la casa en que vivimos por muchos años con nuestros cuatro hijos, le comenté a ella que quería que hiciésemos una reunión intima en que pudiésemos despedir nuestra casa, nuestro hogar. No puedo negarles que el solo hecho de que se me ocurriese esta idea, y que más encima se lo propusiera a Gladys, me pareció en un momento una idea muy descabellada. El motivo de vender la casa era que, separando rumbos, Gladys y los niños se fuesen a vivir a una casa más pequeña y me comprara un departamento propio. Y sí… reconozco que al plantearlo podrían haber aparecidos culpas, recriminaciones, rabias, rencores, odiosidades o resentimientos que negaran la posibilidad de esta despedida. Y no aparecieron. Y si apareció mi agradecimiento.

¿Y cómo se despide una casa en que se ha vivido durante tantos años?  No tenía idea cómo, y estaba dispuesto a vivenciarlo como se vivencian pocas experiencias en la vida: sin la certeza de lo que pudiese ocurrir allí. Era meternos en terrenos emocionales completamente desconocidos. Era meternos en una vivencia sin resultados esperados que se pudiesen predecir.

Lo primero era decidir a quiénes invitaríamos. Definitivamente queríamos que estuviesen nuestros hijos, así que les pedimos que no se programaran para nada más ese viernes. Natalia además invitó a su pololo. Después queríamos que estuviese un grupo muy pequeño y cercano de amigos que nos han acompañado a Gladys y a mí en todo este proceso. Decidimos invitar a unos pocos amigos que han estado presentes estos últimos años, y sobre todo que sentimos que tenían un vínculo emocional fuerte con la casa. Y sin duda alguna, a nuestros vecinos, justo los de la casa del lado, quienes han sido por lejos los mejores vecinos que tuvimos durante los muchos años que vivimos en Plaza del Claustro.

Y llegó el día y la hora. Nuestras visitas comenzaron a llegar. El ambiente era de una emocionalidad festiva, lo que podía ser hasta incoherente. Descorchamos buenos vinos, ya que la situación así lo ameritaba, y se dio una conversa distendida y entretenida. Ya estando todos los invitados presentes en el living, abrí la conversación, contándoles la vivencia de mi madre y del auto que despidió como correspondía. La analogía fue obvia. Los Valderrama Plata NO queríamos que esta casa se “fuese” de nuestras manos, de nuestras vidas, de nuestros corazones sin la debida despedida. Invité a cada uno a que pudiese agradecer, en voz alta y explícitamente, a este “ser vivo” que nos había albergado durante tantos años, pidiéndoles que contaran sus propias experiencias y nexos con esta casa. Como se podrán imaginar quienes me conocen, antes de terminar la invitación ya estaba llorando, junto a varios que se me unieron por “conmutatividad”, más otros que estaban haciendo más de algún esfuerzo para mantener a raya las lágrimas, esfuerzo que para muchos fue en vano. Cada uno habló desde el corazón, contando vivencias que muchos no recordábamos, como los aprendizajes que se vivieron allí, los muchos cumpleaños de nuestros hijos y sus amigos, la experiencia de cobijar a otros seres queridos bajo ese techo cuando una amarga coyuntura así lo ameritó, los juegos de sobremesa que compartimos, las fiestas bailables y los karaokes, las conversaciones de lo terrenal y de lo divino. Cada uno mostró algo que nos permitió tenerle aún más cariño a esta casa… y sentí que mis hijos también se llevaron varios regalos preciosos de cómo otros vivenciaron agradecidamente su casa, su hogar. Gracias amigos.

Lo máximo, sin duda alguna, fue la intervención de cada uno de mis hijos. Que seres tan maravillosos. Cada uno recorrió parte de su infancia, sus vivencias, sus alegrías para mostrarse agradecido, eternamente agradecido de ella. Fue un espacio único, realmente único. Pocas veces en mis 51 años de vida he estado tan conectado con el amor, con el cariño, con el agradecimiento, con mi familia, con nuestra sangre (de Gladys y mía) en estos seres preciosos que tenemos de hijos. Sanamente maduros para sus edades, mostrando sus emocionalidades tal cuál salían, sin miedo a la vergüenza ni al ridículo, sino que expresando como saliese lo que estaban sintiendo, con anécdotas que nos hicieron sonreír y reír entre tanta lágrima, y a la vez, con experiencias que nos volvieron a hacer brotar lágrimas verdaderas y oportunas. Eran seres muy humanos entre adultos. Aprendí de ellos, como siempre lo he hecho. Aprendí que ellos pueden dar vuelta páginas para bien, pueden pararse a mirar hacia atrás y encontrar tanta luz, tanta alegría, tanta convivencia, tanta maravilla que sé que se llevarán en sus corazones como vivencias reales de una niñez y juventud feliz. Sencillamente fue un espacio precioso, maravilloso, único escucharlos a cada uno de ellos.

Luego de los agradecimientos sinceros, cada uno tomo un papelito y un lápiz de color y escribió para sí mismo, aquello que deseaba que se quedase allí. Cada uno registró privadamente parte del ciclo que deseaba cerrar en este momento de vida. Nos fuimos a la terraza del patio de atrás y en una pequeña fogata, le permitimos al fuego "maestro" que se llevará lo que cada uno deseaba soltar… para bien, para que se abrieran otros ciclos de vida.

Acabo de suspirar profundo. Siento que el rito que hicimos hace unos días atrás es uno de los espacios más sanadores que hemos vivido como familia. Soy un verdadero agradecido que Gladys y yo hayamos estado sintonizados de vivir lo vivido desde el cariño de lo superior, de lo esencial. Creo sinceramente que les hemos dado una maravillosa lección de vida a nuestros hijos, como creo en la lección de vida que ellos nos dieron también a nosotros. Creo infinitamente en la necesidad de crear los contextos emocionales adecuados con las personas que queremos, en nuestras familias, con nuestros amigos, en nuestros lugares de trabajo, en nuestra sociedad para que instancias como esta ocurran. Creo en la necesidad imperiosa de ir soltando lo que haya que soltar, de vivenciar y explicitar desde nuestros corazones, todos esos sentimientos que se acumulan en nuestra alma durante años, permitiendo que salgan genuina y naturalmente, sin miedos, aunque vengan acompañados de mucha pena. Si no lo logramos hacer, comenzamos a enterrar en nosotros mismos emociones que se “entierran” vivas, emociones que un día, normalmente lejano, salen nuevamente a piel y que terminan dañando el doble porque no las supimos exteriorizar en su debido momento. Lo que hicimos fue justamente no permitir enterrar esas emociones vivas. Creamos el espacio en familia para que salieran a flote, para que fuesen explicitadas, escuchadas, acogidas, abrazadas, lloradas y en gran medida, soltadas al viento.

Gracias casa, gracias hogar por los miles de instantes que nos permitiste vivir. Gracias por las luces que nos hicieron crecer, y por las sombras que también nos hicieron crecer. Y gracias Familia Valderrama Plata porque, entre todos, permitimos este espacio, este contexto maravilloso que no me cabe duda que ya es un hito en la vida de cada uno de nosotros que siempre siempre siempre recordaremos.

Adolfo

23 marzo 2012

Sencillamente... No Cuadra

(Tiempo aproximado de lectura: + 20 minutos)

Y allí estaba yo,  sentado en la oficina del Subgerente de Operaciones, junto también a la Analista de Recursos Humanos, escuchándolos sobre la necesidad de realizar prontamente un taller de integración del equipo de trabajo del área. Era el miércoles 21 de marzo a las 15:47 horas cuando sonó (en silencio) mi celular por primera vez. Vi la pantalla. Era un número desconocido. No contesté por respeto a mis clientes. 15:48, un minuto después, volvió a sonar. Mismo número, misma decisión. A las 15:52 volvió a sonar por tercera vez, mismo número, pero decisión distinta. “Por favor, perdónenme, pero hay alguien que está necesitando urgentemente comunicarse conmigo”. (Y de verdad dije eso de “necesitando”)
      -    Alo.
-   ¿Aló Dady?
-   Si gordo.
-   Dady, nos acaban de entrar a robar a la casa unos tipos. Se llevaron todo. Todo.
-   ¿Cóooomo? (sentí esa sensación rara que recorre el cuerpo al escuchar algo que no quiere escuchar)
-   Si, Dady (ya con una voz muy baja y arrastrada… como absteniéndose de llorar). Se llevaron toooodo.
-   Gordito, ¿y cómo están? ¿Están todos bien? ¿Están bien?
-   Si estamos bien, pero vente… por favor.
-   Si mi amor, voy altiro. (Mientras en el fondo escuché una voz de alguien que si estaba llorando)
Ustedes se podrán imaginar lo raro de toda esta situación. Era poner pausa a todo lo que estaba haciendo en ese momento, a todo lo laboral y actuar de acuerdo a prioridades, que estaban ciertamente muy claras. Al acabar la llamada, ambos profesionales me quedaron mirando… y entonces dije. “Uff… ustedes comprenderán que me tengo que ir. Acaban de entrar a robar a la casa”.  “Si, si escuchamos. ¿Y les paso algo a los niños?” “No, afortunadamente”. De lo que no estaba tan seguro hasta ese momento. Debo reconocer que mi alineamiento al “deber” me hizo decirles, “Bueno, creo que igual tengo todo lo necesario para presentarles una propuesta, así que yo me contacto contigo”, dirigiendo mi mirada a la Analista de RRHH. “No, te preocupes, luego hablamos”. Después igual volví a reflexionar sobre aquello que dije.

Salí rápido de las oficinas y en el ascensor de bajada, me fui pesando que esta maldita situación, tarde o temprano nos iba a llegar. Muchas veces, cuando tiempo atrás partíamos toda la familia a la parcela de mi viejo en Linderos a almorzar los días domingos, no podía dejar de imaginarme que al volver encontráramos todo patas para arriba porque nos habían entrado a robar. Y claro, que entren, registren todo, y se lleven todos es una cosa, es la caga’, pero es la caga’ menor. Que lo hagan con mis hijos en la casa, es OTRA cosa completamente diferente. Es la peor pesadilla. Es la mansa caga’.

Ya en Costanera Norte, no respetando ningún límite de velocidad, me pregunté el porqué me estaban llamando de un número desconocido para mí, y llamé de inmediato a ese celular. Era el de la nana, Yanina, quien me pasó de inmediato a Gabriel. “Gordo, ¿les robaron los celulares también?”. “Si dady… nos robaron todo”. Pensé que si se habían robado los celulares quería decir que si o si habían tenido contacto o haber estado extremadamente cerca de los tipos. Y también pensé que si se habían robado “todo”, deben haber estado mucho rato en la casa. “Gordo, ¿y llamaste a los Pacos?”. “Si dady, se supone que ya vienen. Dady vi a los gallos cuando se fueron, vi incluso la patente del auto en que se fueron”. “Bueno, gordito. Yo ya voy pa’lla. Ahora te corto que voy a bloquear los celulares”.

Llame al 103 de Entel PCS y comienza la máquina a darme opciones. Y más opciones. Y más opciones. Esperé una opción tipo “Urgencia y Bloqueo de Celulares”, que pensé, deberían ya tener habilitada… pero no. No existía. Así que la opción era la 1, Ejecutivo Comercial. Y después de esperar un rato: “Muy buenas tarde, Ud. Habla con Edmundo Guzmán, ¿con quién tengo el gusto de hablar yo?” “Usted habla con Adolfo Valderrama y quisiera bloquear dos números de celular, ya que acaban de entrar a mi casa a robar con mis hijos dentro y se llevaron sus celulares”. “¿Me podría dar el RUT por favor”. Y así seguimos, hasta que me dice que los números ya están bloqueados y que cuando los encuentren, con la clave que le di, se pueden volver a desbloquear. “Optimista el tipo” pensé. “Sr. Valderrama, ¿le puedo ayudar en algo más?”. “No, muchas gracias”. “Bueno, que tenga usted un excelente día”….  “Un excelente día, ¿un excelente día? Por ahí en algún momento Don Edmundo no escuchó que entraron a la casa con los niños dentro. Por ahí, Don Edmundo está lo suficientemente “seteado” a  decir su “script” al pie de la letra y no se permite un criterio mínimo para salirse el “discurso oficial”. Qué sé yo. Bueno, ojala sea todo lo excelente que pueda ser excelente lo que queda del día… pensé. Menos mal que no estaba llamando a VTR, porque antes de terminar la conversación me hubieran dado un dato “frick” bueno para jugar al Trivium como que “El Búho es la única ave que ve el color azul”.

Y ya acercándome a la casa me bajó algo muy especial, me bajó un sentimiento de… no sé como describirlo… así que lo digo de frentón. Me bajó la NECESIDAD de abrazar a mis hijos… de llegar y abrazarlos, sin más. Que no me dijeran nada de nada… que nos les preguntara nada de nada… sólo abrazarlos en silencio. ¿Hijos? Chuta, ahí me di cuenta que no tenía idea qué hijos estaban en la casa. Gabriel de todos modos, ¿y quién era el o la que lloraba en el fondo? ¿Sebastián o la Nati? Bueno, independiente de quién estuviera, lo maravilloso es que estaban todo bien. En este estado de primer nivel de estar bien, después de un robo, pensé.  Y los iba a abrazar a todos.

Llegando a la casa vi que el radio patrulla de Carabineros ya estaba allí afuera y que Gabriel estaba cerca del vehículo, caminando de un lado para otro, mirando hacia el suelo. Me vio y yo me acerqué, él no. Y no… no estaba para abrazo apretado, contenedor ni menos en silencio. Lo abracé igual acariciándole el pelo por atrás. Y como lo vi atento al carabinero que estaba en la patrulla, entré a la casa. Ahí vi a la Yanina que estaba atenta a todo, vi a Pablo (el pololo de mi Nati) que estaba todo sudado y aún como jadeando el cansancio (después supe que cuando lo llamaron contándole lo del robo corrió las 12 cuadras que separan su casa de la nuestra… lindo el cabro), así que  aún se estaba reponiendo. Y Nati estaba con otro carabinero sentada en la mesa del comedor escribiendo el “oficio pertinente”. O sea abrazo apretado, contenedor y en silencio… tampoco. Igual la abracé, pero ella estaba en otra.

No les puedo negar que me sentí raro, incomodo (no sé si incluso "egoísta" de cierto modo), porque quería ese espacio… quería que mis hijos supieran que su padre ya estaba con ellos… quería contenerlos desde ese silencio, antes de entrar a escuchar los relatos, las vivencias, las perdidas. NO fue. Y en cambio había dos carabineros en la casa. Y el superior se acerca y me dice, “Buenas tardes señor, ¿cómo está usted?”. Chuta… “Excelente día + Cómo está usted”. ¿Estaré pidiendo demasiado? Y si, lo reconozco… me descarrilé, y le dije, “¿cómo cree que estoy si acaban de entrar a la casa y acaban de robar con mis hijos acá presentes?” La cara del carabinero fue la respuesta de no tener respuesta. Y ahí “entremos” ambos mal… o yo entre mal… y quedamos ambos mal.

Hoy, con la mirada diferente que me dan las horas de no estar viviendo ese preciso instante en que esto ocurrió, reflexiono sobre las revoluciones afectivas y las sensibilidades emocionales que distintas personas viven en esos momentos. Para el señor carabinero, supongo que lo más probable, es que es una visita más, a una casa más, que roban en un día más, de un barrio más, para escuchar un relato más, de unos ciudadanos atemorizados más. O sea, procedimiento absolutamente habitual. No hay muertos ni heridos, ni nada que lamentar sino bienes materiales, sólo bienes materiales (de esos que se compran con plata). Entonces, vamos al procedimiento. Sin contextos, sin apoyos, sin emociones, sin psicología, sin cuidado, si nada que no sea llenar los formularios respectivos. Y está “bien”, si no los preparan para otra cosa.

Y yo… cargadísimo de emociones, de incertidumbres, de relatos aún no relatados, de no saber con mediana certeza cómo (realmente) estaban mis hijos… si ya explotaron antes que yo llegara o aún no lo hacen, si están conteniendo todo, están con freno de mano de querer estar tranquilos, de llorar con ganas y merecidamente, de recibir abrazo que son para estos momentos, no para otros. Y eso no es lo que estaba ocurriendo, y yo tratando de saber cómo están, cómo fue todo, mientras el de menor rango preguntaba por la marca de la cámara fotográfica, las características de los notebooks y el monto estimado de todo lo que fue robado. No lo aguanté… y subí al segundo piso para ver el “lugar del delito”. Nada roto, un tanto desordenado… pero nada que pueda mostrar que hubo forcejeo. Algunos cajones abiertos… y la TV plana chueca con todos sus cables detrás, como sonriendo que “no me pudieron llevar porque tomaba mucho tiempo desenchufarme todo esto que tengo atrás” (el día que toda esa comunicación se inalámbrica… te robaron si o si… pensé yo). Bajo y entro a la pieza de Gladys y allí están todos los cajones de los veladores dado vueltas en la cama, mucha ropa del closet en el suelo. Y entra la Yanina y me dice “Yo no he tocado nada para que vean exactamente como está todo”. Y ahí pienso en nuestra influencia gringa de seriales policiales tipos CSI. ¿O no? Y vuelvo al comedor.

En eso, el carabinero de mayor rango, llama por radio y dice que la patente del vehículo, según mi hijo, es NH-1718 y que se trata de un Subarú Legacy blanco (lo que es verídico, no inventado como el nombre del Edmundo de Entel). Y ahí, como que me vuelve a subir el volcán que llevo dentro. “Perdón señor, ¿usted recién está informando de la patente de los tipos que nos robaron? No entiendo, nosotros acá llenando papeles burocráticos mientras ustedes podrían estar buscando a los ladrones”. “Mire señor, se está informando lo que su hijo creyó ver. No podemos hacer más. Y entiendo que usted esté alterado, pero como sus dos hijos son mayores de edad, pueden seguir llenando los documentos solos”.  ¡Chuuuta! Me pararon los carros en seco y en “bonito” me invitaron a irme. Me vuelvo a levantar y me voy al patio de adelante, para ver por donde entraron los tipos. En esta caminata me doy cuenta que he vuelto a asimilar todo con la serial policial gringa. Es como si los “pacos” al saber la patente pusieran un operativo de 30 cuadras a la redonda para detener a tres o cuatro cabros de 20 años que se robaron lo mismo que se roban todos los santos días en los muchos lugares de muchos barrios de nuestra ciudad. Que estupidez la mía, que ingenuo, que ridículo me siento. Y digo me siento, y no me sentí, porque este alcachofazo me lo pegué hoy, no ayer durante la conversa. No encontrando nada inusual en el recorrido del patio, vuelvo al comedor, donde mis dos hijos escriben y escriben. Parecía que estuviesen haciendo una prueba.

En eso le llaman de vuelta por radio al carabinero jefe, y confirma que efectivamente la patente corresponde a un Subaru Legacy pero gris plateado, no blanco, gris plateado. Y al decir eso, mira a Gabriel como diciendo qué tienes que decir al respecto, con una cara de que cómo se le ocurre haber confundido los colores. “Joven, el auto es gris, no blanco”. Gabriel me mira a mi… y yo digo: “Señor, da lo mismo… mi hijo persiguiendo a los ladrones pensó que el auto era blanco… da exactamente lo mismo”. Entonces, “just for the record”, el auto es un Subaru Legacy patente NH-1718, gris plateado.  Se nos informa que el auto no tiene, no sé como se dice, un estatus de robado. Entonces pienso… BINGO y lo digo. A lo que el otro carabinero inmediatamente dice que no es tan simple, porque esta gente roba patentes y las cambia cuando cometen sus delitos. Y no entiendo nada de nada. Si nos acaban de decir que la patente cuadra perfecto con la descripción del auto… y que el auto no ha sido robado… es el auto de alguien que tiene dueño conocido y dueño que no está denunciando que su auto ha sido robado… o sea, alguien que está en todo esto. Uff… me canse… me rindo… y me quedo callado (que todos ustedes saben lo que me cuesta) y suelto el deseo de entenerlo.

Estamos en testimonio de los hechos tal cual ocurrieron, después de las especies ya han sido debidamente registradas para que tales registros sirvan en la eventualidad que se recuperen (para los que aún creen en el Viejo Pascuero). Yanina cuenta que entraron por la ventana del baño principal, que estaba abierta. “¿Y por qué estaba abierta?” – pregunta el funcionario de la ley. “Por qué eran las 3 y media de la tarde, señor” – responde fabulosamente bien Yanina. “Entonces, ¿eso quiere decir que no rompieron nada para entrar, que no hubo daños ni forcejeos?”  Y pienso, ¿cuánto más podré seguir callado? Entonces Gabriel pregunta, ¿Y qué diferencia hace eso”. “Es que es otra figura legal de delito”. Y sigo callado para que, eventualmente, no termine yo detenido por desacato a la poca autoridad que queda en este país.

Entonces los niños relatan cómo fueron los hechos. Y me da una “wea” (no tengo una palabra que describa mejor lo que me da) acá entre la garganta y el corazón, con ramificaciones que llegan a la guata, al comenzar a escuchar el relato con fines de “parte policial”. Nuevamente pienso en el contexto emocional en que está ocurriendo todo esto, o mejor dicho en la carencia de tal contexto. Estamos en el lenguaje absolutamente racional. Mis hijos están comenzando a relatar la experiencia más “negativamente potente” que han tenido en sus vidas (sólo comparable cuando se nos perdió Sebastián con 9 años de edad por 10 minutos en Buenos Aires) y el relato es para llenar el “re-puto” formulario policial. Me explico… bajo otro contexto emocional este relato habría tenido pausas, reflexiones, suspiros, más pausas, miedos, rabias desbordadas, sombras, figuras, emociones de violación e invasión de lo nuestro. En otro contexto emocional este relato habría requerido apoyos, contenciones, abrazos silenciosos, caricias, manos tomadas, lágrimas empáticas… pero no era este el caso. De hecho eso me hizo pensar que por sanidad emocional, los “pacos” deberían llegar a hacer este estricto y rígido procedimiento varias horas después de ocurrido el atraco. Y el relato primero debería ser en familia… en contención.

Bueno sigo. Tres tipos de unos 20 años, que según lo que vieron mis hijos eran altos, de metro ochenta para arriba, probablemente un cuarto esperando en el auto… gris plateado. Saltan la reja para entrar al patio delantero. Saltan otra reja donde hay un pasillo de bicicletas y entran por la ventana abierta del baño principal del primer piso. Conocen perfecto las casas del barrio. La ventana tiene un palo que cuando está cerrada la tranca. Al encontrar nosotros el palo, este ya no estaba en el baño… el paseo por el primer piso, y quizás por el segundo lo hicieron con el palo en la mano de uno de ellos. Entran a la pieza de Gladys y registran todo, nos imaginamos con tiempo, porque la nana estaba en la logia, como con tres puertas bien cerradas de donde andan estos tipos, por lo que ella nunca escuchó nada de nada. En la pieza de Gladys no encontraron nada excepto los pasaportes de ella y de todos los niños, que se los llevan. Estos documentos estaban en la pequeña caja fuerte que afortunadamente, a mi juicio, estaba abierta. Luego, o paralelamente, revisan las piezas de la Tamara y de Sebastián, y la pieza adjunta de juego… cuyo tesoro más grande es la batería azul del Sebas (que no habrían tenido como llevarse). En la misma pieza de mi hijo menor, roban una mochila, a la que le sacan todo lo que tiene adentro… y suben al segundo piso.

Ojo con el siguiente contexto. Mis dos hijos universitarios almorzaron y se fueron cada uno a sus piezas con puerta cerrada a dormir una siesta. Dos piezas con puertas cerradas, los tipos ya en el segundo piso, antes de entrar a las piezas, me imagino, se dan tiempo para desenchufar y meter en la mochila del Sebas el Play y el Wii, más controles y juegos. A continuación, Nati siente que alguien entra a su pieza, dado lo oscura de la pieza, ella ve una figura de un tipo moreno alto con pelo corto, polera verde y zapatilla Nike de la mejores (todo esto escrito en el formulario policial). Es normal que cuando Sebastián necesita un computador para hacer sus tareas, entra a la pieza de ella, y lo saca mientras duerme. En este caso, al ver ella esta silueta mucho más grande que su hermano chico, piensa que puede ser un amigo de él y media dormida no toma conciencia de lo que está ocurriendo. El tipo entra, saca computador, cámara fotográfica (de esa buenas… réflex y segunda que me roban… ¿se acuerdan?) más celular que está en el velador… en el velador… repito, en el velador. O sea, el weón estuvo a centímetros de mi hija durmiendo… muy dentro de su pieza. Saca todo lo que descrito y sale de la pieza. Nati muy “media dormida” más encima grita… “cierren la puerta”, aún pensando que era el amigo del Sebas. Si el tipo se devolvió para cerrarla, esta cuestión es digna de Ripley.

Acto seguido, suponemos, el tipo entra a la pieza de Gabriel quien estaba durmiendo mirando hacia el lado contrario de la puerta. Mi hijo piensa, muy entre dormido, lo mismo que Nati. Que es su hermano menor queriendo sacar algo de la pieza.  Y sigue en lo suyo, o sea, durmiendo. Cuando siente que le toman su reloj, “levanta cejas” y piensa para qué querría el Sebas mi reloj. Se da vuelta y ve en la puerta de su pieza, (que no estaba nada de oscura, a diferencia de la de la Nati) al metro ochenta y cinco de tipo con sus pertenencias en la mano, celular, reloj y Ipod.  Me imagino cómo deben haber sido esos nano segundos en que se quedaron mirando. Me imagino y me vuelvo a imaginar qué paso por la mente de mi hijo, me imagino a las pulsaciones que se removió su cuerpo… aún estando absolutamente quieto y en silencio sagrado. Me imagino en si pensó qué alternativas tenía por delante en el siguiente segundo de vida. Y tengo que confesarles que mientras escribo esto, me doy cuenta que esa conversa no la he tenido aún. No sé qué pensó ni sintió el tipo del metro ochenta y cinco, solo agradezco al Universo que no hubiese ido armado… y si lo estaba, que no hubiese utilizado su arma. Gracias, gracias, gracias.

Vacio entonces en esos detalles, el tipo sale corriendo escalera abajo. Gabriel se levanta de un salto y grita que nos están robando y parte escalera abajo también. Nati despierta no entendiendo nada… y unos segundos después al mirar alrededor en su pieza, todo le cuadra. Acto seguido tres tipos grandulones saltan la reja de la entrada, se suben al auto y se van rajados. Gabriel alcanza a llegar a la reja para ver que se alejan en un Subaru Legacy blanco patente NH-1718.

Unos minutos más tarde, y después de dos intentos fallidos escucho a mi hijo que me dice a través de un celular, con voz terriblemente temblorosa: “Dady, nos acaban de entrar a robar a la casa unos tipos. Se llevaron todo. Todo”.

Pensé mucho si escribir y compartir este episodio tan fuerte de nuestras vidas. Tan nuestro, tan de los niños, tan de Gladys y tan mio. Tan personal. Y decidí hacerlo porque pienso que es mejor compartir esta experiencia, por personal y desafortunada que pueda ser, que no hacerlo. Si en alguna medida, por pequeña que sea, he podido mostrarles los peligros a que estamos enfrentados a las tres y media de la tarde de una día hábil cualquiera en nuestro hogares… entonces si valió la pena escribirla.

Permítanme volver a los agentes de la ley. Terminado el relato, el “paco mayor” le dice a Gabriel y a la Nati: “Estamos listos. Con estos antecedentes la Fiscalía se contactará con ustedes en un plazo de uno a tres meses, y tendrán que ir a ratificar la denuncia. Ah, importante que sepan que esos plazos  no tienen nada que ver con nuestra institución de Carabineros. Esos son plazos de la Fiscalía que es un ente independiente de nosotros y de nuestra labor. Por otro lado, si llegamos a pillar a los delincuentes, se les pedirá que los vayan a identificar. Hemos tenido casos en que las personas afectadas han identificados a gente inocente, por eso es muy importante que ustedes recuerden sus caras para tener la seguridad de reconocer bien a los sujetos. Bueno, muchas gracias, eso es todo. Si hay algo más que nos quieran informar, acá está mi nombre para que me llamen”.

Los bienes a los que los policías y la sociedad le ponen tanto empeño en registrar, valen “callampa”. Es dinero que se puede ganar y perder todos los días. Finalmente, nuestra sociedad tiene todo cuadrado para que esto funcione tal cual funciona. Ladrones (muchachos veinteañeros y aún menores) que saben que si los pillan, salen de nuevo ligerito a seguir delinquiendo. Sociedad en que cada vez hay menos respeto a la poca autoridad que queda (si en las marchas de cominezos pacíficos de jóvenes por sus legítimos derechos, terminan algunos o muchos de ellos asaltando un supermercado… no pasa na’, entonces hay rango sufiente para seguir haciendolo). Sociedad que establece sistemas que busca bienes robados a través de Fiscalías que están sobrepasadas por tanto delito, tomando el caso meses después (incluso años) para enviar, finalmente, una carta que diga que con los antecedentes proporcionados no se pudo llevar a cabo ninguna diligencia que terminara en resultados positivos, por lo que la causa ha sido cerrada, a menos que se aporten nuevos antecedentes. Una sociedad en que los reducidores son conocidos, y los Mercados Persas en que se venden todos estos artículos robados siguen ahí, impertérritos, intocables. El círculo está aceitado, está muy bien aceitado. Y nada inmediato pasará para que esto cambie. Entonces lo que queda es “encerrarnos” nosotros mismos comprando rejas eléctricas, comprar un perro grande de esos que después el ladrón te demande a ti porque el perro lo hizo mierda, cambiarte a un departamento en el octavo piso (mínimo) para que no vayan a llegar las Niñas Arañas a asaltarte también. El círculo está aceitado, muy bien aceitado… y lo más fácil, como hacemos los chilenos en cientos de ámbitos de nuestra sociedad, es hacernos los lesos, los weones… mirando para el lado, y listo.
Al día siguiente, conversando con Gladys me cuenta que ambos hijos durmieron con ella, ya que no podían dormir en sus propias piezas. Luego, conversando con Gabriel y Natalia, me decían que no se pueden sacar la imagen de esos tipos de sus cabezas. Y allí recuerdo la recomendación del carabinero… “que no se olviden de sus rostros” por la posibilidad de que los puedan tener que identificar en el futuro. No cuadra. No cuadra. Definitiva, absoluta y categóricamente no cuadra desde la sanidad emocional de mis hijos, desde su bien-estar más íntimo, desde su tranquilidad más básica, desde su derecho de poder acostarse a dormir en su propia cama sin que se vivan el temor de esa silueta de un metro ochenta y cinco allí parada en su pieza de invadiendo, violando esos espacios que son sagrados para cualquier niño, joven y adulto. Si no se sienten seguros en sus propias camas, ¿dónde? Y mientras el sistema les pide no olvidar… ellos lo único que quieren hacer es olvidar. No cuadra. Sencillamente... no cuadra.

Podría terminar agradeciendo a que estos tres tipos estaban “buenos y sanos” (estando drogados y/tomados, la película habría sido distinta), y sin abrir sus bocas en ningún momento para amenazar verbalmente a mis hijos, fueron por bienes materiales. Obtuvieron lo que querían y se fueron. Y mis hijos quedaron sanos y salvos… en lo corporal. Y como el círculo está tan bien aceitado… podría hasta terminar agradeciendo a los delincuentes por el mal menor. Pero no.

El orden universal es mucho mayor que la voluntad de unos jóvenes delincuentes, por lo que si voy a terminar agradeciendo, lo hago al Universo y a Dios que esto no haya pasado a mayores.

Nati, Tuto, Mini y Tami, los adoro con toda el amor que un padre pueda sentir por sus hijos.
Adolfo

14 marzo 2012

Don Adolfo, quédese callado.

          
(Tiempo Aproximado de Lectura: 7 a 8 minutos)

Y el otorrinolaringólogo me dijo lo que nunca pensé que me podían decir.  

"Usted necesita guardar absoluto silencio por una semana"

"¿Por una semana?" Le pregunté e inmediatamente me "auto pregunté" cuándo exactamente debía comenzar ese silencio. Él no me respondió hablando, sino moviendo su cabeza de arriba hacia abajo, como invitándo a acostúmbrame a no decir más palabras. Y pensé: "A mí, Adolfo Valderrama Porter, que generalmente estoy generalmente hablando, me acaban de ordenar quedarme definitivamente callado". Uff... ¡Qué pedazo de desafio!

Ya hace rato que andaba con algunas molestias en la garganta, que creo que se acentuaron en mi ida a Monterrey, México en el mes de enero, en que junto a Adela, Rosa y Pablo de Chile, Cristi de Colombia y Martín de Argentina fuimos a conocer en “vivo y en directo” el comienzo de la tercera generación del proyecto de Coaching de  Sociedad “Cambio Yo, Cambia México”. Nuestra anfitriona fue Rosa Elva Garcia, “regiomontana” de corazón, que después de arduas y entretenidas sesiones de trabajo, nos invitaba a Karaokes donde se cantan rancheras de verdad, de esas “corta venas”, tipo “Te quedo grande la yegua y a mi me faltó jinete”. Y obvio, para dejar bien el país… esforcé las cuerdas vocales más de lo debido. Este pudo haber sido el agravante. La causa más probable es una técnica no óptima al hablar frente a otros, sobre todo en talleres… que es donde me gano entretenidamente la vida. O sea… complica’ la cuestión.

Bueno. Sea cual fuese la causa, el doctor me abrió la boca, me hecho una anestesia del verbo mala, asquerosa… esperamos unos minutos… y metió un instrumento con el que pudo ver que tenía un pequeño pólipo en una de las cuerdas vocales que estaba produciendo esta molestia. La orden de quedarme callado era requerida, ya que un mayor daño de la zona, podría significar terminar con una operación, igualita a la que tuvo que hacerse Adele (la cantante inglesa). Ella, claro está, tiene un colchón en Euros (miles de discos vendidos) un poquito más grande del que tengo yo, para quedarse callada todo el tiempo que requiera la recuperación. Así que eso que me operen puede estar complicado. Orden recibida y a quedarme callado se ha dicho.

Y callado comencé a observar situaciones que hablando no veía. Vi, por ejemplo, lo incomoda que se pone la gente cuando les decía que no podía hablar, poniendo un dedo en mi boca y luego el mismo dedo apuntándome a mí mismo. Me miraban como bicho raro inmediatamente… me imagino que preguntándose “¿y cómo diablos quiere que le entienda si no me puede hablar?”. Entonces sacaba lápiz y papel y escribía lo que necesitaba de ellos. Y cómo hablo, escribo… o sea, muy rápido, lo que a veces hacía que mi letra fuera muy parecida a la mayoría de los doctores… o sea, ilegible. Entonces, cuando veía que la persona empezaba a poner caras raras al leer lo que había escrito, les hacia un gesto con la mano abierta cómo diciéndole que me esperara, y escribía de nuevo, más leeeeeento. Y allí, la persona volvía a leer y me levantaba el pulgar como señal de recepción del mensaje.

Una de las cosas que me di cuenta rápidamente fue que cuando una persona que no habla se comunica con una que habla, se produce un principio de “conmutatividad empática” (por definirla de alguna manera). En el ejemplo que di en el párrafo anterior, la persona al poder leer bien lo que escribí, perfectamente me podría haber dicho en voz alta, “ah, ahora entendí”. Pero no. En cambio, me levantó el pulgar como señal de “ah, ahora entendí”. Algo similar me pasó en la farmacia cuando fui a comprar los remedios que me dio el doctor. Le mostré la receta a la niña que atendía, y le escribí sobre la misma receta “¿Me puede decir los precios, por favor?”. Ella agarró la receta, se fue para adentro y volvió con el par de remedios y a continuación escribió los precios al lado del nombre de cada remedio… y con una cara de gentileza suprema me pasó la receta médica sin mencionar palabra alguna.  Yo la quedé mirando con cara de extrañeza, porque ella me podría haber dicho los precios… pero no, me los escribió. Me imagino que ello ocurre porque mucha gente debe pensar que si soy mudo, debo ser sordo… qué sé yo. 

También me pasó cuando fui a echarle gasolina al auto. Me bajé del auto, me dirigí a la máquina misma y apunte a la manguera de 95 y le hice un señal al bombero con mi mano que me lo llenara, poniéndola levemente por sobre mi cabeza. El bombero entendió perfecto y me lo repitió con palabras para que se lo confirmase: ¿Lleno 95? Si, afirme yo con mi cabeza moviéndola de arriba hacia abajo. Perfecto todo. A la hora de pagar, el bombero me pregunta, “¿paga con efectivo o con tarjeta?”. Lo divertido es que mientras pronunciaba “efectivo” movía los dedos como se hace para mostrar billetes y mientras pronuncia “tarjeta” movía la mano de arriba abajo como si tuviera efectivamente una tarjeta en la mano y la pasara por el dispositivo para procesar el pago. Te invito a leer nuevamente la frase ¿paga con efectivo o con tarjeta? y mueve tus dedos y tu mano como lo hizo el bombero. Rara la cuestión. Mi sonrisa no pudo ser mayor… y le respondí con el mismo movimiento de mano de estar procesando la tarjeta de crédito. Procesada la tarjeta, le di propina, a lo que respondió con unas gracias mientras me cerraba el ojo (bien intencionadamente, supongo). “Está entretenida esta cuestión”, pensé.

Hubo muchas personas que no me escribieron como la niña de la farmacia, ni utilizaron las manos como el bombero. Sin embargo, lo que si hicieron mientras yo les escribía lo que requería de ellos, fue hablarme des-pa-ci-to (es decir muy leeeeeeeeeento). Cómo si mi estado de no poder hablar estuviese asociado a no poder escuchar si me hablan a una velocidad normal. Entonces, yo mudo, ¿escucho supuestamente mejor si me hablan más l-e-n-t-o? Na´que ver. Rara la cuestión nuevamente, sin ni una lógica. Y, me tuve que aguantar la risa en un par de ocasiones. Igual valoro que hayan tenido esa consideración… aunque, repito, ni una lógica.

Esto del lápiz y el papel me hizo darme cuenta de muchas otras cosas también. Por ejemplo, me percaté que cuando estaba con más de una persona a la vez, llevar conversaciones paralelas era un verdadero desafío. Tenía que escribir preocupado de dos… lo que era definitivamente difícil de seguir incluso por ellos, porque no sabían qué respuesta escrita era para quién.  Cuando todos hablamos se puede llevar esa conversación más fácilmente, aunque pensándolo bien, no son conversaciones muy efectivas, porque hay uno que siempre está en pausa, siendo prioritaria la conversación con el otro. Es cómo estar llevando dos conversas a medias, dejando intermitentemente, a alguien en espera.

La segunda noche en que estaba en este régimen de silencio, salimos a comer con Coni y dos amigos más, uno de ellos extranjero que estaba de paso por Chile, por lo que ameritaba estar presente a pesar de mi silencio oral.  “Conversé” toda la noche escribiendo en mi libretita de notas. Y allí me di cuenta que bajo este esquema efectivamente podía tener conversaciones privadas con otro. Le podía escribir algo que sólo esa persona podía leer, y al responderme, sobre todo si la respuesta era con monosílabas como SI o NO, todos los demás quedaban fuera de la conversa. Poderoso el asunto. Cuando todos pueden hablar eso no sucede (o al menos no debería suceder), ya que no abrimos conversas privadas frente a terceros si no queremos que las escuchen.

Otro “alcachofazo” que me pegué fue que tuve que poner prioridad en que quería y/o debía decir. Como la escritura es considerablemente más lenta que las palabras habladas, simplemente no podía seguir el ritmo de las conversaciones que se llevaban a cabo a mí alrededor. Entonces, si iba a “hablar” escribiendo tenía que reflexionar qué era lo más relevante para hacerme “escuchar”. Así, comencé a ponerle un filtro de calidad a lo que escribía y a las conversaciones que deseaba abrir. Ya no tenía los recursos para decir TODO lo que quisiera.

Además me di cuenta de lo mucho que habla la gente… pucha que habla la gente y a veces habla sin tener la necesidad de hablar, es como que no pensaran (pensáramos) en lo que aportan con tal o cual “hablar”. 

Por último, lo otro que observe es que personas con las que habitualmente conversamos mucho, se ponían entre nerviosas y ansiosas con mi silencio. Claro, al yo no poder hablar, la otra persona tenía dos alternativas. Una, hablárselo todo de modo de suplir la mitad que yo no hablaba ahora. Lo que de por si es bastante incómodo, porque es una conversa con retroalimentación muy limitada. Y la segunda alternativa, quedarse callada, lo que también significaba un reto, un desafío para una persona que no está acostumbrada a esos espacios de silencio con otro. Y recuerdo que una amiga, en relación a esto, me hizo ver lo relevante y significativo que es que las relaciones también se sustenten en los silencios, en los espacios en que no existan palabras. Digno de reflexionarlo.

Fueron días interesantes. Fui, de verdad, otro observador de mi entorno. Y si bien puede sonar a una perogrullada, la única manera de darme cuenta de todo lo que me di cuenta era estando en silencio… es decir, escuchando. Tengo que reconocer, después de esta experiencia, que existe un espacio diferente, contemplador y reflexivo que se abrió desde el silencio, pero no desde el silencio conmigo mismo solamente, sino con el silencio en presencia de otros. Durante esos días, de alguna manera, estuve más conmigo mismo aún estando con otros, y me gustó… fíjense.

Adolfo

Ps. A los que le gusten las rancheras cantadas por mujeres bravas, les recomiendo definitivamente "Te quedó grande la Yegua". Para escucharla, haz click en la "x".
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