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- Buenos
días.
- Buenos
días. Tengo reunión con el Sr. Ignacio Quezada.
- ¿Su
nombre?
- Adolfo
Valderrama
- ¿De qué
empresa viene?
- De Plan B
Consultores.
- Me tiene
que dejar su cédula de identidad para ingresar.
- Perdón, ¿y
no podría registrar mis datos personales y entregarme de inmediato el carné?
- No.
- ¿Por qué
no?
- Porque esa
es la regla de la empresa y yo estoy aquí para cumplirla.
- Pero
señor, el carné de identidad es personal y me incomoda profundamente no tenerlo
siempre en mi poder.
- Señor
Valderrama, ¿desea ver al señor Quezada?
- Si claro,
tengo una reunión en 5 minutos más con él.
- Bueno,
entonces me tiene que entregar su carné de identidad para yo poder darle el
pase de visita que se requiere para ingresar a nuestra empresa. ¿Usted decide?
- Está bien…
aquí lo tiene.
Esta no es la primera vez que me
ocurre algo así (y probablemente no será la última). Es una situación real, muy
real que me pasó la semana pasada. Sólo cambié el nombre la persona a la que
iba a visitar, que era un potencial cliente. Era.
En otra situación similar que me
ocurrió el año pasado al ingresar a hacerle Coaching a un ejecutivo de un
banco, me fui un poco más profundo (porque tenía más tiempo) y le pregunté al
guardia el sentido de la norma o regla que me obligaba a dejar mi carné de
identidad. Él, sin pelos en la lengua, me dijo: “Fácil. Teniendo su carné acá en portería, yo me aseguro que usted me
devuelva la credencial de visita que le voy a entregar para poder entrar a la
empresa.” Escuchando su respuesta,
le pregunté: ¿Entonces usted, sin
conocerme, desconfía que yo me voy a quedar con su credencial? Y él, muy choro el viejo, me respondió. “Yo no desconfío de usted, pero la empresa
si. Por eso puso la regla”.
Si me adentrara en los valores del
banco, seguro estaría la confianza como uno de los pilares de la conducta que
los rige, o que supone que los rige. El papel aguanta todo, sobre todos en
afiches y cuadros muy elegantes en que se muestran orgullosos los valores de la
organización, junto a su visión y misión. Y no me cabe duda, que si indago un poco,
más de alguna campaña publicitaria evoca a la confianza como motor primordial
de las relaciones con clientes.
Y tiene razón el guardia, el proceso
mismo está basado desde la pura desconfianza, más allá de lo que declaren los
“Padres Gaticas”. Y lo más probable que,
más encima, tengan un historial que haga que tal procedimiento sea
absolutamente justificado y necesario dado los robos que pueden haber existido
en el pasado cuando alguien no identificado se paseó por las oficinas como
“Pedro por su casa”, haciéndose propietario de lo que no era propietario.
Gran tema la Confianza en este país,
que según estudios nos sitúa entre los países en que más se desconfía. Y, no me
quiero ir por ese camino, que sin duda da para otro escrito. Me quiero ir en defensa
de lo que es mío… y nada más que mío, como tuyo y nada más que tuyo.
A ojos de esta sociedad de “links”
permanentes y omnipresentes, de bases de datos en que hemos sido ingresado
voluntariamente y no tanto, de roles únicos nacionales, de números de
teléfonos, de direcciones particulares y comerciales, de correos electrónicos
corporativos, de gmail, de hotmail, de yahoo, de cuentas en skype, de perfiles
en Facebook, de índices de riesgos en Dicom, de cuentas corrientes, etc., casi
lo único que es nuestro, verdaderamente nuestro, es nuestra firma. Todo lo demás ya está en la red,
sin posibilidad alguna de que lo controlemos.
Nuestras firmas se encuentran en
tres registros “oficiales”. En nuestra cédula de identidad, en nuestra licencia
de conducir y en nuestro pasaporte. Descartado que normalmente no portamos el
pasaporte cuando estamos dentro del país, sólo quedan dos registros oficiales
que muestran nuestra firma y son justo ellos los que nos lo solicitan al
momento de ingresar a la gran mayoría de las empresas con sistemas de seguridad
que se vanaglorien de tal: la cédula de identidad o la licencia de conducir.
Estos dos documentos son una posesión personal, requeté
contra personal, por lo que no debería existir proceso administrativo y de
seguridad alguno que nos obligue a dejar de tenerlos en nuestra posesión en
todo momento. De hecho, el Artículo 85 del Código Procesal Penal dice que el
carné de identidad lo pueden pedir para ver, pero en ningún caso para
retenerlo, con la excepción de Carabineros o la Policía de Investigaciones en
procesos de control de identidad. Así,
en la muy simple, todas las empresas que retienen los documentos oficiales de
identidad, quebrantan la ley. ¿Su razón
para hacerlo? La desconfianza.
Me he cuestionado la incapacidad,
falta de ingenio y creatividad que tiene los responsables en las empresas de
diseñar sistemas en que no nos despojen de algo que es nuestro. Ahora que lo
pienso, yo mismo hago un acto supremo de confianza cuando entrego mi carné.
¿Cómo respondería un guardia o una empresa ante la pérdida de mi carné? ¿Cómo
me pagaría el tiempo y las molestias requeridos para volver a sacarlo en caso
de pérdida? ¿Cómo respondería ante el posible mal uso de un carné robado? No creo que esté estipulado en el procedimiento
de seguridad respectivo. Y lo más probable es que sencillamente no
responderían.
Además, me he cuestionado el estado
anímico en que entrego algo que es personalmente mío. Lo entrego definitivamente desde la
resignación… y por más que he querido hacerlo desde la aceptación de la norma,
de seguir las “reglas del juego”, no hay caso, porque siempre pienso y siento
de lo “inadecuado” de la medida. Y de pronto soy yo el que estoy desvariando… y
el tema no es para tanto. Y la gran mayoría de los chilenos entrega su carné
sin ningún problema, porque la gran mayoría confía. De pronto.
Hace unas semanas atrás, me robaron
un cheque que fue “satisfactoriamente” cobrado por el ladrón en mi banco. La
firma del cheque (o sea mi firma) era “igualitica”… y aún no tengo ni idea como
llegaron a mi firma. Lo pienso y re-pienso y no logró descifrar el cómo.
Afortunadamente, logré recuperar el dinero robado por gestiones de carácter
“comercial” dentro del banco, porque por la vía legal, estaba frito. Y después
de este nada de agradable episodio, con más fuerza siento que mi firma no se
presta, ni se deja con gente desconocida.
Lo lamentable es que mi mayor
argumento es ahora la desconfianza, emocionalidad a la que había evitado
acercarme. Parece que no me queda más que aceptar la desconfianza como parte de
mi vida, de nuestra vida en esta sociedad, porque de lo contrario, creer, desde
la confianza, se está convirtiendo cada vez más en una ingenuidad irresponsable
que no tiene defensa alguna.
Adolfo
Valderrama Porter
Ps. “Just for the record”
(como dicen los gringos), yo soy el mismo individuo que hace un año y tanto
atrás me abrieron mi auto, me robaron mi notebook, una cámara digital réflex y
otros varios. En esa oportunidad me tuve que perdonar por la serie de
decisiones erróneas que tomé, muchas de ellas basadas en la confianza
“irresponsable”. Como mi auto ha seguido siendo víctima de robos, le comentaba a mi hijo mayor que ya es tiempo de cambiarlo, porque está siendo
“yeta”. Después me quedé pensando, que eso de poner el juicio de la
desconfianza afuera no tiene sentido, como si mi auto tuviera la culpa. Tan absurdo como
llegar a pensar que si cambio de auto, volveré a confiar. Supiera mi querido
auto que lo catalogué como “yeta”. Supiera.