
(Tiempo aproximado de lectura: 5 minutos)
Es rara la cuestión en las empresas cuando se acerca fin de año. Tenemos la necesidad de hacer algo todos juntos y parece que no se nos ocurre nada más que el “Amigo Secreto”. Y vas y le preguntas a la gente si le gusta el jueguito este y la gran mayoría dice que le carga. Sin embargo, terminan igual jugando la cuestión. ¿Será por falta de alternativas? ¿Será que no queremos esforzarnos en crear algo distinto? ¿Será que es mejor diablo conocido que por conocer? ¿Será que necesitamos un espacio en que nos inter-relacionemos de una manera distinta? ¿Será que buscamos un momento en que haya pausa, en que las jerarquías no valgan de nada y en que nos igualemos de alguna manera? ¿Será que deseamos un contexto para sentirnos compañeros sin apuros y sin metas?
Me preguntaba por la necesidad de jugarlo, de regalarnos algo en esta época. Y reflexionaba en el hecho que parece que no nos “regalamos” suficiente durante el año. No nos regalamos suficientes agradecimientos entre compañeros de trabajo. No nos regalamos suficientes abrazos, suficientes sonrisas, suficientes espacios de escucha de unos a otros. Y cuando damos y/o recibimos “feedback”, normalmente nos “regalamos” lo que hacemos más o menos mal, esas “brechas” que tenemos que mejorar, pero pocas veces nos regalamos lo que hacemos bien. No hemos creado instancias regulares en que nos mostremos a otros así más coherentemente.
Y creo decirlo con conocimiento de causa, ya que en muchos de los talleres que hemos realizado durante estos últimos años a equipos de empresas, comenzamos el taller invitando a que la gente se abrace primero formalmente, luego lo más chacoteros posibles y por último, en un abrazo en silencio que tienen como condición adicional “quedarse” amarrado en el abrazo por unos segundos. Sin excepción, cada vez que le preguntamos qué tipo de abrazo les gustó más… la respuesta es siempre: el último. ¿Y qué falta para que esos mismos abrazos se den en sus lugares de trabajo?
Lo mismo ocurre cuando hemos trabajado con equipos los “agradecimientos” mutuos. Le pedimos a la gente que vaya y agradezca a alguna compañera o compañero por algo que ella o él haya hecho durante su permanencia en la empresa, por pequeño que haya sido. No tenemos que pedirles que se abracen ni nada por el estilo, porque les sale natural. Y van y agradecen a un otro… y una otra… y a un jefe… y a un subordinado… y al chofer… y así continúan, y terminan abrazando a medio mundo, perdón, al mundo entero. Nosotros nos sentamos y vemos esta escena, esta maravillosa escena de ver gente agradeciéndose como nunca lo habían hecho. Y lo interesante que tenían casi todo para hacerlo en sus propios lugares de trabajo. Y cómo no saben aquello, nos terminan contratando para que nosotros los invitemos a abrazarse y a agradecerse.
Y lo que nosotros aportamos es tan sencillo como el CONTEXTO, ese mismo que en las empresas la mayoría de las veces no existe. Si… contexto. No están pensadas las empresas para crear contextos emocionales que nos permitan aquello. Y comienzan los “¿qué dirá la gente si demostramos más de lo “debido”?. Y continúan el “yo no tengo que andar agradeciendo a nadie por el buen trabajo que realizan si es su deber no más hacerlo bien… si para eso les pagamos”. Y sigue la búsqueda constante de vasos medios vacíos en otros.
El año pasado realizando un taller a comienzos de diciembre, la gente nos contó que en unos días más iban a tener la reunión anual de entrega de premios en que, acorde a votación popular, se elegiría a Mejor Compañero, Mejor Compañera, Reina de la oficina, Rey Feo, Premio Naranja (persona más sonrisal) y el Premio Limón (para la persona más pesada de la oficina). Paréntesis - para confesar que a comienzos de esta década me gané este último premio dos años seguidos en una empresa en que era el Gerente Comercial. Recuerdo la cara estúpidamente fingida que tenía que poner, tratando de sonreír para la foto mientras todos me aplaudían como el tipo más pesado del año. Para serles franco, me dolió mucho en ambas ocasiones. Obviamente, con tamaña motivación, no hice mucho para dejar de ser menos pesado… incluso creo que atornillaba al revés este “incentivo”. Cuando se estaba organizando la entrega para el tercer año, sencillamente les dije que si querían mi presencia allí, tenía que eliminar este premio, por mí o por algún otro pesado que pudiese quitarme el trono. Y por primera vez, sólo se premió aspectos positivos de las personas. Cierre paréntesis. Bueno, con algunos años de más en esto de premiaciones de fin de año y con uno que otro taller de Coaching en el cuerpo, les pregunté a las 30 y tanto personas en la sala ¿para qué querían dar un premio Limón a alguien?, ¿qué bien podrían producir con ello?. “Para pasarlo bien” dijo uno. La pregunta siguiente fue: ¿Y tú crees que quien se lo gane lo pasara bien, por mucho que sonría al recibirlo? Nos fuimos a almorzar y luego del café, se juntaron y decidieron que eliminarían tal premio. Nos miramos con la Martita y nuestras sonrisas no nos cabían en la cara. Gracias gente linda por buscar lo positivo... que con todo lo negativo que nos sacamos en cara durante el año, el colmo sería terminar premiando los vasos medios vacíos.
Vuelvo al Amigo Secreto. Quizás este juego no requiere contexto. Viene seteado, formateado, regulado, estructurado… listo para usarse, directo a la tarea. Y no siempre el logro de la tarea se consigue como hubiésemos esperado. Me explico describiendo algunas características que he visto en este juego:
• La incomodidad de regalarle al jefe o jefa. Si le gusta el regalo, estupendo. ¿Y si no le gusta? Normalmente el juego del Amigo Secreto tiene poco de secreto.
• Recibir un regalo de alguien que se nota a la legua que lo compró en el Pronto Copec camino a la oficina (teniendo al menos 2 semanas para hacerlo con tiempo), manifestando su poca preocupación por quien recibirá el regalo.
• Peor aún cuando se nota que el regalo salió de un closet en el que estaba juntando polvo. Cero cuidado con el regalado. Cero empatía.
• También la empatía se congela cuando uno de los asistentes llega sin regalo y recibe su regalo de todos modos. “Ah… pero no te preocupes, yo te lo entrego el lunes”. Ninguna gracia recibirlo el lunes.
Así las cosas, el Amigo Secreto es una válvula de escape de nuestras faltas de contextos para crear algo mejor. Es lo que está a mano sin mayor explicación. Es el camino fácil. El camino ya recorrido… con el que pasamos el rato y nos logramos juntar a fin de año... para que nadie diga...
Yo me retaría y los desafiaría a algo más. Por ejemplo, ¿qué tal si nos regalamos momentos que vivimos durante el año? ¿Qué tal si cada uno, frente a sus compañeros, jefes y subordinados nos cuenta su mejor momento del año en la oficina, su mayor logro? ¿Qué tal si nos contamos también nuestro peor momento y cómo salimos airosos de él... o no? ¿Qué tal si nos agradecemos (sin tener que asistir a un taller) por lo que cada uno ha hecho por un otro, así explícitamente? ¿Qué tal si nos contamos lo que más nos emocionó durante el año que se va? ¿Qué tal si nos adelantamos nuestros sueños para el año que viene? ¿Y qué si escribimos en un papelito un regalo pequeño que le quieras dar otro en una sola frase? ¿Y qué tal si luego compartimos lo que nos regalaron, aunque sea anónimamente?
Los regalos que pueden salir de este espacio valen mucho más que las 4 lucas que se definieron cómo límite para el Amigo Secreto. Nos tendremos que regalar tiempo suficiente para escucharnos, para prestarnos atención. Regalarnos estar allí y no en otra parte. Nos regalaremos confianza, apertura y empatía. Nos regalaremos conocernos más para comenzar un año mejor. Nos regalaremos lo que no se dijo y se quiso decir esperando un espacio, un contexto adecuado.
La gracia de todos estos regalos es que son gratis y no requieren más envoltorio que nosotros mismo.
Un abrazo de esos en silencio. Adolfo
Ps. Si igual se quieren regalar regalos "físicos"... siempre está la alternativa del Elefante Blanco, que es 10 más entretenido que el Amigo Secreto.