Con todo el trabajo que he tenido al terminar el año, no me había hecho el tiempo de sentarme a escribir la carta de fin de año a mis amigos. De hecho, estaba un tanto “rendido” en esto de escribirla… ya que llegaría “atrasada” si o si. Y me pasaron dos hechos que me hicieron repensar el dejar de escribirla este año.El primero fue un recuerdo de lo que me pasó camino de vuelta a Chile después de un viaje con la familia a Córdoba (Argentina) en auto en septiembre de este año. Nos habíamos alojado en Mendoza y en la mañana de un sábado, partimos raudos a Santiago. El paisaje entre Mendoza y el límite con Chile es sencillamente precioso. Se lo recomiendo a quién aún no lo haya hecho en auto. Raudo significa venirnos más o menos rápido… y el plural es engañoso… porque él apurado era yo. Y manejando raudo… a veces me cuestionaba, cómo diablos lo hago para ir manejando así de rápido y, a la vez, tomar fotos de esos paisajes que dejan sin aliento. Bueno… el asunto es que en un momento, entre preciosas montañas multicolores, veo un grupo de Cóndores (así con mayúscula) volando sobre nuestras cabezas… y les digo a los niños que miren hacia arriba. Estaban allí cerquita, como al alcance de la mano… o al menos, al alcance del zoom de mi cámara digital. Disminuí la velocidad, los miramos unos segundos como volaban en círculo… y continué raudo hacia el Paso Los Libertadores. Ya en la aduana chilena (que deja bastante que desear como bienvenida a nuestro precioso país) esperando en la cola a que nos atendieran, me cuestioné brutalmente para dónde iba tan apurado… y obviamente me di cuenta que me perdí una magnífica oportunidad de haber capturado en imágenes a esos Cóndores trasandinos (que ellos no saben si son argentinos o chilenos… y no les importa). ¿Para dónde diablos iba tan apurado? A pararme en una estúpida fila en la aduana.
Días después, les conté a Rubi y Sergio lo que me había pasado… y me quedaron mirando fijamente y me dijeron: “Pucha, que eres pelota” (esas no fueron las palabras exactas)... sobre todo Sergio, a quien le encanta la fotografía. En relación a estas letras que no pensaba escribir porque ya estaba muy “atrasado”… me pregunté: ¿atrasado con respecto a qué? ¿Atrasado según quién? ¿Atrasado para cumplir qué fecha límite? Y decidí que estas letras saldrán sólo cuando tengan que salir… no antes. Y si llegan a principio de año, en vez de a fin de año… está bien.
Perdonen mi descaro de continuar en plural. ¿Cómo lo hacemos para bajar el ritmo y aprender a gozar la vida? A mí me queda mucho camino por recorrer al respecto… lo admito. Lo que sí sé (a ciencia cierta) es que la próxima vez que vea uno o más Cóndores sobre mi cabeza, paro y me deleito mirándolos. Y me doy todo el tiempo que ellos merecen y yo también. Eso sí ya lo aprendí.
El segundo hecho que me motivó a escribir estas líneas tiene que ver con una amiga muy querida que este año derrotó al cáncer de mamas. Hace un par de días nos envió un correo que decía lo siguiente:
“La navidad del 2007 fue muy especial para mi, estaba con un cáncer y podía morir, podría haber sido mi última navidad. Pero todos ustedes la hicieron tan linda, fui tan regaloneada, recibí tanta atención y cariño, fue tan rico, que por un instante pensé que pena que todo eso terminó. Les extrañará esto que les estoy confidenciando, pero es lo que he sentido, pensé ahora que ya saben que no me voy a morir, volverá todo a ser normal, pasaré desapercibida. Entonces me dije... no, eso depende de mi, yo sigo siendo especial, sigo siendo amada y voy a disfrutar la navidad 2008, como si fuese mi última navidad”.
Uff… mientras algunos andamos como “anestesiados” ante las maravillas de la vida… y tan apurados que no nos permitimos verla, otros, como mi amiga, la valoran como si fuera su último día. Gracias amiga por tus palabras… por tu lección de vida. Medio mundo le contestó el correo, con palabras maravillosas que se nutrían de las palabras maravillosas originales. Yo sólo deseé abrazarla… y como el destino me trata bien, un par de días después la encontré en un bautizo y la abracé… agradeciéndole así en silencio. ¿Cómo si no?
Me preguntaba el otro día, ¿A cuántos de todos los amigos que tengo en el Facebook los he abrazado en este año? Considerando sólo a los que viven en Santiago… acabo de sacar la cuenta y es como el 40% de ellos. Tengo pega pendiente. Les invito a sacar sus propias cuentas. ¿A cuántos de sus amigos han abrazado este año? La pregunta no es trivial… porque si tu amigo vive en Iquique o en Canadá, ok… difícil que lo puedas abrazar. Sin embargo, si tu amigo vive en la comuna del lado… mmm… algo se puede hacer... ¿o tenemos que esperar un quiebre gigante en su vida para que lo vayamos a abrazar?
Permítanme seguir generalizando… el problema es que andamos muy apurados como para gozar del vuelo de los Cóndores. Andamos muy apurados para darnos tiempo para abrazar a nuestros amigos. Y por eso estas líneas casi no salen… porque iban a llegar atrasadas… ¿atrasadas para qué? No tengo idea.
Ahora ya sé que van a llegar a tiempo. La amistad y los abrazos siempre llegan a tiempo.